Categoría: viajes

  • Dos mil dieciséis: visitar The Stonewall Inn ✓

    Dos mil dieciséis: visitar The Stonewall Inn ✓

    Como sabéis, hace poco estuve en Nueva York. Mi primer objetivo era ver La noche estrellada de Van Gogh, y el segundo acercarme a The Stonewall Inn,un sitio mítico donde los haya. El lugar donde empezó toda la lucha por la liberación LGBTIQ+… etc.

    Se vino Willow, a la que podéis ver en esta foto tan feliz:

    the-stonewall-inn-bego-willow

     

    Willow merece una historia propia… otro día. Hoy hablamos de Stonewall.

    Os transcribo de mi diario del viaje. Mañana [la semana pasada, hoy estoy ya aquí] salgo hacia Barcelona y estoy agotada ya. ¿Quizá es el agotamiento el que me permite derribar las barreras que me impiden publicar cosas? Eso y los mecenas de mi Patreon ahí esperando a leer lo que escribo (más sobre esto también luego). GRACIAS. Os habéis convertido en 9 de mis personas favoritas del mundo entero. Prometido.

    No puedo creer que esté en Stonewall Inn. Hay una foto ampliada y muy bien iluminada que dice:

    STONEWALL MEANS FIGHT BACK! SMASH GAY OPRESSION! GAY CAUCUS [gay Ché Guevara guy’s head] AGAINST WAR & FASCISM

    STONEWALL SIGNIFICA QUE CONTRAATACAMOS! ¡APLASTEMOS LA OPRESIÓN GAY! COMITÉ GAY [cabeza de Ché Guevara gay] CONTRA LA GUERRA Y EL FASCISMO

    Le hice una foto también:

    Stonewall means fight back! Smash gay oppression!

     

    Hay un chico con una bandera que parece el Ché Guevara gay, no como en On the Fence, la canción de Tim Minchin de «Che was a bit of a homophobe»:

    Nos hemos refugiado aquí de la lluvia, y de que parece que me va a bajar el reglazo del siglo. OUCH. En Times Square he tenido que darle a Pablo la mochila y agacharme a respirar. Este es mi momento de chica de pueblo en la gran ciudad, en el que me planteo ¿cómo es posible que en un sitio con tanta gente haya tan poco sitio para sentarse?  La respuesta es obvia: para que sigas circulando. Seguimos circulando, pues.

    Hemos llegado corriendo desde el metro. Willow y Pablo están tomando White Belgian with Orange Peel, que es una cerveza que está buenísima (siete dólares más uno de propina, que es lo estándar en este pueblo).

    Estábamos de broma ayer Elisa y yo por Skype, diciendo:

    —¿Vas a ir a Stonewall? ¡Cómo mola!

    —Sí, aparentemente tiene 3,8 estrellas en Yelp. ¬_¬’

    [Esto era claramente una broma, porque su respuesta es, como debe ser, una risa indignada].

    —¿Pero cómo es posible que la gente se atreva a ponerle estrellas en Yelp a un sitio mítico? Y una vez que te pones, ¿por qué le da alguien menos de cinco estrellas? ¡Es una leyenda!

    Y sin embargo, la gente se atreve…

    Al llegar me temo que hemos ido a sentarnos en el fondo, que es donde había asientos y no sillas altas… y le hemos cortado el rollo a una pareja de señores de unos cincuenta años, muy formales, de camisa y traje, un señor negro y un señor blanco que se besaban muy dulcemente sentados en sendos taburetes.

    Había dos baños, uno «All genders» (todos los géneros) y otro «Urinal room» (sala de urinales). Mola. Especialmente teniendo en cuenta el follón que hay ahora mismo en EE. UU. con los baños y los géneros.

    Cinco estrellas. Vamos, digo yo.

     

    stonewall-pablo-bego-willow

    (Intentando sonreír tras las ojeras y mi pañuelo arcoiris).

    Lo del Patreon

    Patreon es una plataforma en internet en la que la gente puede apoyar económicamente a artistas para que sigan haciendo sus obras. Hace poco he publicado por fin mi perfil, y se me puede apoyar para que siga escribiendo con la cantidad que se desee (desde un dólar al mes). Hay varios tipos de recompensas para los mecenas, pero sobre todo la principal es que podré dedicar más tiempo a escribir (también a dormir, comer, ducharme, esas cosas) y tendré más recursos para publicar historias como esta (y es de esperar que mejores). Si quieres echarme una mano, visita este enlace: http://patreon.com/minibego para más información.

    patreon-screenshot-june-2016

    Este artículo existe gracias al apoyo de Marta Serrano. ¡Muchas gracias, Marta! <3

  • Seis billetes a París

    Seis billetes a París

    Un relato 100% real. Por Halloween y All Hallows Read y Todos los santos.
    Puesto que el relato anterior dio miedo, esta vez aviso.
    Quién sabe, quizá este os dé risa.
    —A mi abuela, Mariana Casanova. Y a Marta Serrano. Felices 33, Marta.

    —*—

    Cartagena, septiembre de 2008. Llevaba ya un año y medio luchando contra viento y marea para que esto saliera adelante. Había pensado que sería capaz de construir el trabajo de mis sueños si me ponía a ello. Pero como dicen por ahí, cuando haces tus sueños realidad ya no son tus sueños, son otra cosa. La empresa era mía y mi mejor amiga, María, trabajaba conmigo. Pero las cosas no iban del todo bien ni del todo mal. En resumen, perdía dinero, no veía cómo iba a mejorar la cosa, y estaba agotada.

    Mi pareja no tenía esos problemas. Su trabajo sí es mejor de lo que soñó, y en cierta medida me sienta mal porque parece que todo lo que le pasa le llega regalado, aunque sé que no es cierto y que él tampoco para de trabajar. Lo llamamos la vida pirata, porque

    La vida pirata es la vida mejor,

    Sin trabajar (sin trabajar),

    Sin estudiar (sin estudiar),

    Con… la botella de ron (con la botella de ron).

    En su caso es mentira, porque aunque es profesor universitario, su puesto no es aún permanente y además le gusta tanto que se lo toma más en serio que nadie que conozca. Cada mañana mira el correo y los nuevos artículos de su tema desde el baño, antes del café. Tiendo a pensar que tiene un trabajo agradecido y descansado, a pesar de que él no se lo tome así. Es investigador y le basta decirlo y organizarse para viajar a donde quiera para trabajar con quien quiera. No vigila lo que le cuestan las cosas.

    Un día, sin embargo, encontró un billete a París muy barato, para un fin de semana en el que iba a hacer unas cosas con un colaborador francés. A él no le hace falta que los billetes sean baratos, pero… pero a mí sí. Ese fin de semana todo encajaba muy bien para dejar a nuestra hija con los abuelos, y planeamos el viaje para que yo también me fuera. Yo apenas tenía dinero (propio, al menos) pero era barato de verdad y podía permitirme ese billete. Era un vuelo de Air Europa, una compañía aérea de verdad y todo, Alicante-París ida y vuelta por el precio de tres cenas para dos. Su billete, su hotel y sus dietas las pagaba su trabajo. Si yo me pagaba mi billete, podría acompañarle y pasar con él el tiempo que no estuviera trabajando, como si él estuviera en casa trabajando en fin de semana, pero en París.

    Nos sentaría bien un tiempo solos, aunque él fuera a trabajar por las mañanas.

    Parecía buena idea. Al fin y al cabo, seguro que podría encontrar en qué pasar el tiempo en París mientras él hacía cuentas. El plan era salir el jueves a las cuatro de la tarde y estar en París a las seis. Volveríamos el lunes por la noche, a eso de las diez de la noche, para llegar a medianoche, y yo sólo tendría que ausentarme del trabajo dos días. Me estaría tomando unas microvacaciones de cuatro días. El billete era muy, muy barato, y eso sería lo único que tendría que pagar, excepto lo que comiera y los sitios que cobraran entrada.

    Me hacía falta descansar, y el plan era redondo. No soy fan de Francia ni de París en concreto, con lo que no había estado aún en París, estando cerca. En Eurodisney París sí, y aunque no te guste mucho París es vergonzoso haber estado en Eurodisney pero no en la propia ciudad.

    No tenía mucho dinero, pero… ¡qué demonios! Compré el billete, y sonreí.

    —*—

    Tenía razones para querer descansar, y razones para seguir trabajando. Las cosas llevaban desde principio de año yendo regular. Nuestro mayor cliente había tenido problemas y estaba a punto de quebrar. Para nuestra suerte, también había decidido dejar de comprar nuestros servicios, con lo que al menos no dejaba deudas. Pero la mitad de nuestra facturación había desaparecido de un mes para otro. Buscamos más y más clientes, y finalmente apareció una farmacéutica que nos envió un trabajo largo y bien pagado, con bastante plazo.

    Pienso en ello y ojalá hubiera sido una chica farmacéutica, pero no. Era una gran empresa farmacéutica que tenía que hacer un estudio clínico y tenía grandes cantidades de papeles que traducir, sin prisa pero sin pausa.

    Hasta que quisieron tenerlo quince días antes de lo que habían dicho. ¿Podíamos hacerlo?

    ¿Podíamos?

    Quizá, pero costaría.

    Subimos el precio, y coló.

    No debimos hacerlo. Días más tarde volvieron a reducir el plazo. Volvimos a aumentarles el precio, pero fue inútil. Lo querían de todas maneras. Costaría mucho más trabajo, pero nos vendría bien el dinero.Trabajamos a destajo, y el último día, delante del ordenador de casa, cogí una lata de té sin azúcar con una mano.

    Y no pude levantarla.

    Con el otro brazo me ayudé y pude beber. Pero me había quedado sin fuerza en ese brazo. Yo sabía que me dolía la espalda: bueno, sabía que me dolía todo.

    Diez días después del último cambio de fecha, entregábamos puntuales. Descansé.

    Al despertarme, ya apenas podía sentarme o levantar el brazo sin que me doliera muchísimo. Fui al médico y no me hizo mucho caso. Me dijo que no tenía nada roto y había mucha lista de espera para el fisioterapeuta, y que tardarían un mes al menos en atenderme. Podría darme la baja, pero no me darían casi ningún dinero y la empresa mientras no podría facturar. Me recetó analgésicos, y me dijo que volviera a casa. Volví al trabajo e intenté sentarme bien.

    No sirvió de mucho. Cada vez estaba peor. Así que cambiamos los planes del verano, y donde íbamos a hacer turnos para irnos de vacaciones, cerramos los quince días que me tocaba hacer guardia.

    Pasé un mes manejando el correo desde el móvil, en horizontal, porque no podía siquiera estar sentada al ordenador.

    El tratamiento de la espalda me costó más de lo que nos pagó la farmacéutica.

    —*—

    Como siempre pasa en estos casos, fue comprar el billete y un cliente llamó para un encargo importante. Era un encargo de varios días en una ciudad pequeña, a seiscientos cincuenta kilómetros de casa y a trescientos de Madrid. Me pagarían el viaje, el alojamiento, la comida (¡por fin me tocaba a mí viajar a gastos pagados!) y mil quinientos euros, además de lo que sacara por el compañero que tendría que llevar en las mismas condiciones. Era todo un respiro.

    Pero mi vuelo a París salía a las cuatro de la tarde del jueves, y yo terminaría de trabajar a la una de ese mismo día, a setecientos kilómetros de allí. No me daba tiempo a llegar, ni de broma.

    Le di mil vueltas. Miré todas las posibilidades, pero no había manera. Pensé en mandar a otro, y no hacer el trabajo yo misma. Pero era difícil renunciar a ese dinero que tanta falta hacía. Ese encargo empujaba el horizonte de cierre. Hacía que faltara más para ese probable día en el que yo tendría que cerrar o decirle a mi mejor amiga que ya no podía pagar su sueldo. Creo que por aquella época yo aún cobraba algo. Estaba agotada y necesitaba descansar, pero también necesitaba hacer este trabajo. El tema era un dulce, cooperación internacional y democracia. Quería hacerlo.

    Miré y remiré el billete. Era muy barato: no podía cambiar la fecha, ni el pasajero, ni nada. Si no lo usaba, lo perdía. Pero leyendo las condiciones descubrí una restricción que nunca había tenido en cuenta. Si no cogía el vuelo de ida, no me dejarían embarcar en el de vuelta. Nunca me había fijado, y me parecía muy injusto. En cualquier caso, aunque me hubiera fijado, habría comprado el billete igual, así que ahora no tenía mucho sentido lamentarse.

    Busqué más vuelos: miré trenes, miré de todo, miré todos los aeropuertos en los setecientos kilómetros desde donde acabaría de trabajar hasta llegar a casa. Investigué y eché cuentas. Mientras había que preparar todo para que todo fuera bien con este cliente. Mientras, otro pedía cosas poquito a poquito, haciéndonos perder mucho tiempo y sentirnos como malabaristas. Había follón, pero era poco rentable. Investigué más, eché más cuentas, llamé a compañeros. Me salía más barato comprar otro billete que contratar a otra persona para que me sustituyera ese último día: pero tendría que renunciar a esa primera tarde y primera noche en París. Llegaría, no el jueves a primera hora de la tarde, sino el viernes a primera hora de la mañana.

    Era aceptable. Miré los horarios, los precios, las combinaciones. Tenía un plan: mi cliente estaba en Madrid, y a la vuelta del encargo nos llevarían a todo el grupo en autobús hasta Madrid. Y yo tenía alguien especial con quien pasar la noche en Madrid. A mi chico le daría envidia, pero no todo estaría perdido. Estaría de ya de vacaciones. Pasaríamos una noche divertida, y yo saldría a primera hora de la mañana.

    Finalmente me decidí. No tenía dinero, pero… ¡qué demonios! Compré dos billetes diferentes: uno para la ida y otro para la vuelta. No me volvería a pasar lo mismo.

    Respiré y volví a la preparación del encargo. Todo estaba en orden.

    —*—

    Fue una semana muy muy cansada. Al llegar tenía más personas a mi cargo de las que yo no sabía nada: estudiantes en prácticas, en su primer encargo. No tenían sus turnos asignados, no quedaba claro cuándo tenían que estar dónde… me tocó organizarlo todo. Conocimos a personas muy inspiradoras, aportamos nuestro granito de arena, nos dieron las gracias e incluso un aplauso al final.

    Algunas cosas fueron bien, otras muy bien, otras mal, pero sobre todo fue agotador.

    Cuando llegamos a Madrid no podía creer que ya, por fin, me tocase descansar a mí, ser yo, relajarme, estar con mi gente y dejar de ejercer de jefa.

    Estoy hasta las narices de ser la jefa. Todo es siempre culpa mía: lo que se hace, esté bien o mal, y lo que no, porque no he puesto a alguien a hacerlo.

    Iba por el camino actualizando el estado de Facebook, a modo de cuenta atrás.

    Ella me esperaba. Íbamos a pasarlo genial, quizá ir a ver Vicky, Cristina, Barcelona. Salimos del metro cerca del centro, aún con mi maleta, y empezaron a llegar a mi móvil mensajes de llamadas perdidas. Eran del padre y el padrino de mi hija. Estábamos a punto de cruzar la calle, y llamé a mi chico primero.

    —¿Dónde paras?

    —Ahora mismo, delante de Notre Dame.

    —Qué bien, qué bien. ¿Cómo lo estás pasando?

    —No muy bien, por lo del padrino.

    —Tengo muchas llamadas perdidas suyas, ¿qué pasa?

    —Se divorcian.

    —¿¿¡Qué!??

    El semáforo se puso en verde, pero yo me senté en la maleta. No me podía creer lo que me estaba contando. Colgamos y llamé al padrino de mi hija, y hablamos. Yo no sabía nada. Me pillaba completamente de nuevas, pero esta era la pareja con la que pasábamos al menos una noche cada semana, a veces dos o más. Unas noches fantásticas… no me lo podía creer. Me senté en las escaleras de un parking, aún hablando por teléfono. Estaba triste por ellos, y estaba triste por mí. Me contó su parte de la historia, mientras a mi alrededor se hacía de noche y se desvanecían los planes de ir al cine. Mi amiga, mientras yo aún estaba hablando, consiguió que nos sentáramos en una cafetería. Pidió de comer y beber para las dos, y me cogió de la mano. Yo lloraba, porque parece que yo siempre lloro por todos.

    Cuando colgué, era de noche y demasiado tarde para casi todo.

    Me llevó a su casa.

    —*—

    Ella vivía en una casa minúscula que había encontrado por un amigo nuestro, que llamaba al piso mi cajita de cerillas. Ahora ha vuelto a vivir él allí.

    Llegamos con la idea de relajarnos y pasarlo bien. Pero por alguna razón yo no podía dejar de llorar. Era muy triste. ¿Qué me pasaba, en realidad? ¿Qué me impedía disfrutar de lo bueno de sentirse querido? Pero ¿cómo podía abandonarme, mientras estaba pasando algo tan horrible?

    Le llamamos de nuevo.

    —Te paso a tu niña, que está muy triste.

    —Amor, lo siento. No sé que me pasa.

    Hizo lo posible por animarme. Se notaba que quería estar aquí. Ella también.

    Finalmente, dormimos.

    A la mañana siguiente me despedí de ella muy muy temprano. Salí con tiempo de sobra para hacer el famoso cambio en Nuevos Ministerios y coger el larguísimo metro que en Madrid lleva hasta el aeropuerto de Barajas.

    —*—

    MAD

    El código del aeropuerto de Madrid le hace justicia. Es un caos de sitio, pero la primera vez que pasé por él tenía dos meses y uno se acostumbra a todo, incluso a esos pasillos ligeramente curvados que te hacen pensar que estás en uno de los anillos del infierno, sin duda alguna.

    No había demasiada gente, al fin y al cabo era muy temprano de un viernes. No eran las siete aún cuando llegué al mostrador de facturación. Tenía tiempo de sobra para que me dieran mi tarjeta de embarque y esperar con calma a que saliera mi vuelo, una hora y media después. Tenía el estómago bastante vacío y podría desayunar algo más tarde. Me vendría bien descansar un poco más. Un rato tranquilo, y antes de mediodía estaría en París.

    —Buenos días. Para el de las ocho y veinte a París —le dije a la azafata, sacando el resguardo que había imprimido y mi DNI.

    —Hola.

    Cogió mi papel y tecleó el localizador.

    —Hm. Este vuelo es para ayer.

    —¿¡Qué!?

    —Nada que tú no sepas.

    —¿Qué! Imposible.

    ¿Nada que yo no sepa? ¿Pero esta flaca de dónde ha salido?

    —Mira, aquí lo tienes.

    Era verdad: era la fecha del día anterior, la fecha que tanto había estado mirando en todas partes. No me lo podía creer.

    ¿Nada que yo no sepa? Qué fuerte.

    No, no lo sabía. No tenía ni idea. De repente toda la energía de haber madrugado fue hundiéndose debajo de mis pies.

    —Bueno, pero…

    Mierda. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago ahora?

    —Bueno, habrá… alguna posibilidad… en el vuelo de hoy…

    —Vaya al mostrador de venta, lo tiene allí delante. Ahí pueden comprobar si queda alguna plaza disponible. ¡Siguiente!

    ¿Nada que yo no sepa?

    En el mostrador había una cola corta. Podría decirse que cuando llegué a hablar con la azafata ya estaba más calmada.

    —No quedan plazas para el vuelo de hoy. El siguiente que tiene plazas es el de pasado mañana.

    —¿No hay nada que pueda hacer?

    —Mire, como usted no ha cogido su vuelo, puede solicitar por escrito que le devolvamos las tasas del billete que compró. Pero poco más se puede hacer.

    Estoy tirada en el aeropuerto con un billete de vuelta de París y la posibilidad de recuperar las tasas del de ida. Ahora que lo pienso, quizá pueda recuperar también las del vuelo de ayer. De los dos vuelos de ayer.

    Sigo sin podérmelo creer.

    —Mire… —empieza la azafata, en voz más baja. Es una chica regordita de pelo rizado y negro, que teclea eficientemente en su ordenador. —Mira, hay plazas en tres vuelos a París que salen esta mañana: dos de EasyJet y otro de British Airways. El de EasyJet cuesta ciento setenta euros, y el de British Airways cuatrocientos y pico. Si vas por este pasillo, en este mismo lado, después de aquella curva, está la oficina de EasyJet. Todavía puedes llegar.

    Me quedo mirando porque hay gente que compensa por lo que otros no debieron hacer. Le doy las gracias todo lo efusivamente que puedo, que es bastante.

    Cuando AirComet quebró, poco más de un año después, sólo me dio pena por esta chica.

    Al llegar al mostrador de EasyJet una azafata con un humor parecido al de la primera confirma los precios y el horario. Si no fuera por la morena del mostrador anterior, pensaría que es demasiado temprano para sonreír. No me puedo creer que vaya a comprar el quinto billete a París. De hecho, no tengo nada claro que vaya a comprarlo. Son las siete de la mañana, y estoy tirada en un aeropuerto con una pequeña maleta, una tarjeta de crédito que no debería usar, con mi pareja en París y un billete de vuelta desde París Orly a Madrid, para tres días más tarde.

    Llamo a mi amiga madrileña.

    —Mñsdías… ¿cómo va todo?

    —Vaya, te he despertado, ¿habías vuelto a dormir?

    —Hmm, sí, pero me tenía que ir ya al trabajo, no te preocupes. ¿Estás ya en la zona de embarque?

    —No te lo vas a creer. Mi billete era para ayer.

    —¿¡Qué!?

    Le pido que mire desde su ordenador si los precios de los billetes son los mismos, y si tengo alguna otra opción. Sí que son los mismos, y no, no hay más vuelos a París hoy.

    —¿Y Renfe? ¿Hay algún tren?

    —¿Quieres que me meta en la web de Renfe a mirar algo? ¿Mientras esperas?

    —Qué remedio.

    —Esta web es un desastre. A ver, Madrid-París para hoy. Parece que hay algo, pero dice que los trenes internacionales al parecer sólo pueden comprarse por un novecientos dos.

    —Espera, me lo apunto. Ahora te llamo.

    —Vale.

    Tras minutos y minutos de espera con su supuestamente relajantes punteos de guitarra, consigo hablar con una operadora de Renfe.

    —Puedo ofrecerle una plaza en nuestro tren nocturno a París. Sale este mediodía, a las dos de la tarde, y llega a París mañana a las diez de la mañana.

    —¿Qué? —Algo en ese horario me hace pensar que el tren va tirado por caballos — ¿Tanto tiempo? ¿Y qué vale?

    —Me quedan plazas en Gran Clase, en oferta.

    —¿Qué cuesta?

    —Como le comento, nuestra cabina Gran Clase con baño propio, para una persona, cuatrocientos euros.

    —¿Y dice que hay plazas?

    —En este momento tengo disponible una plaza más para el tren de hoy.

    —¿Se puede reservar?

    —Lo siento, pero no se puede comprar por teléfono. Tiene usted que venir a la estación y adquirir el billete.

    —Pero, ¿y si llego y ya lo han vendido?

    Bueno, esto ha sido fácil de descartar. Si llego a Madrid dentro de una hora y ese tren no está disponible, tardaré una hora más en volver aquí. Además, ¿cuatrocientos euros? Esto no tiene sentido.

    Cuelgo y me siento en mi maleta. Estoy llorando otra vez.

    —*—

    Llamo a mi madrileña.

    Luego despierto al parisino.

    ¿Estoy huyendo hacia delante? ¿O soy simplemente muy testaruda? ¿Cabezota? ¿Persistente?

    No sé qué hacer.

    Voy a EasyJet y una chica muy desagradable me confirma precios y horarios.

    Tengo un billete de vuelta de París…

    Y también tengo un billete de tren de vuelta a casa. Es para el lunes, pero podría ir y cambiarlo por un billete para hoy. Volver a casa y olvidarme de esto. Acompañar a mi abuela que tiene la endoscopia este fin de semana. No gastar más dinero que no tengo.

    Excepto que el billete de vuelta me deja a una hora en coche de casa, en vez de a diez minutos. Nos íbamos a encontrar en otra ciudad a la vuelta. Para volver a casa también tendría que cambiar el destino del billete.

    Me escondo detrás de un mupi, o delante de un mupi, porque da lo mismo cuando un pasillo es circular, sentada en la maleta, y poco a poco dejo de llorar. Tengo ganas de mandarlo todo a la mierda. Este viaje que iba a ser tan barato y tan descansado está siendo una ruina muy triste. Mierda. ¿Nada que yo no sepa? Poco a poco salgo del shock, y me decido.

    —Hola, me ha dicho una compañera tuya antes que tenéis plazas para el vuelo a París de las dos de la tarde.

    —Creo que sí que quedan. ¿Está usted bien?

    —Es que me acabo de enterar de que había venido con un billete para un vuelo que salió ayer, y me esperan en París.

    —No te preocupes, ya verás que París es una ciudad preciosa. A mí me encanta, ¡es la más bonita del mundo! Te va a merecer mucho la pena, ya verás. ¿Lo quieres de ida y vuelta?

    —No, sólo de ida. La vuelta ya la tengo. — he ahí algo positivo, no había perdido la vuelta de AirComet porque no la había comprado. El de vuelta era de Vueling.

    Una vez que me he decidido a gastar de nuevo un dinero que no tengo en ir a un sitio al que tampoco tenía ya muchas ganas de ir… bueno, una vez decidido, y escuchando a esta chica tan maja, todo parece mejor. Me cuenta todo tipo de cosas de París, sonríe, y en general hace muy bien su trabajo, que es convencerme de que lo mejor que puedo hacer en esta vida es estar allí y comprarle un billete a París.

    —Ya verás, ya verás. Me encanta París y a ti te va a encantar también. Llegarás allí y se te olvidará todo esto.

    Esta chica es también un encanto, y me pregunto si es que sólo las azafatas pares son seres humanos.

    —Muchas gracias, si no fuera por ti no me habría acabado de animar.

    —Lo vas a disfrutar mucho ¡ya verás!

    Arrastrando mi pequeña maleta roja, entro por fin en la zona de embarque. Vale, me voy a París.

    —*—

    En la sala de espera del aeropuerto había un escaparate con cosas de Tous. Desde allí le he escrito mensaje a la madrina de mi hija. Ella no me ha llamado, y yo no sé cómo llamarla. No sé si estará a punto de entrar al trabajo: al fin y al cabo, son las siete de la mañana de un día laborable. No sé si estará en su casa, y en resumen, no sé si debo saber algo, porque ella no me ha llamado para contarme que se divorcia. ¿Cómo empieza uno una conversación así? Oye, que me han dicho que te divorcias. ¿Qué te cuentas?

    ¿Y el peque? ¿Con cuál de los dos estará?

    Después de toda una mañana en Barajas y un por fin tranquilo vuelo, aterrizo en París Orly y cojo el tren hacia la Place d’Italie. Él me espera allí. Dejamos la maleta en el minúsculo y luminoso hotel, y todo parece por fin estar bien.

    Paseamos por peatonales empedradas, gente y restaurantes de todo tipo.

    Cenamos magret de pato y helado italiano. Encontramos una heladería que tiene dos sedes: Tokio y París. El helado no nos impresiona muchísimo porque ya hemos probado el cielo del helado (¡Roma!) y el resto son sólo la tierra del helado. De nada sirve quejarse, porque somos felices y el helado está bueno.

    Escribo en mi diario de viaje, una Moleskine Paris pijísima que quedará casi vacía:

    19/09/2008

    «Paris doesn’t care if we’re happy or not, but it’s there and it’s nice to walk around, chillier than Spain, and we’re ALONE, and WALKING, and TALKING, and the world is just fine and so is Paris, filled with French people and all».

    Por fin.

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    —*—

    A la mañana siguiente desayunamos al sol cruasanes con café olé en la misma Place d’Italie. Nos lo tomamos con calma: el día estaba claro y la temperatura dentro de la cafetería era muy agradable. Por una vez, yo no tenía que traducir para nadie: de hecho, él traducía para mí, lo cual era una novedad sorprendente. Podía descansar. Podía dejar de correr.

    —¿Llamaste a tus padres al final?

    —¿Que si les llamé? No, ¿por qué?

    —Nada, por lo de las pruebas de tu abuela.

    —Ah, lo de las pruebas. Llamaré.

    Fuimos a la torre Eiffel. Salimos del metro a un paseo agradable (junto al Sena, qué tipicoso). Hacía un día claro, soleado, una temperatura fantástica. Era como caminar dentro de una postal.

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    —¿Llamaste a tu madre al final?

    —No, no la he llamado aún.

    —Quizá sí que deberías llamar. Creo que tu abuela tiene una biopsia este fin de semana, está en el hospital.

    —Sí, era algo así. Vale, la llamo ahora mismo.

    —¡Hola mamá! Adivina qué tengo delante… ¡La torre Eiffel! —Estaba preciosa sobre fondo azul, tan gris y tan grande. No es de esos monumentos que te decepcionen porque los esperabas más grandes, o de un color diferente, o rodeados de otro ambiente. No, la torre Eiffel es como te la imaginas. Enorme, protagonista, intrincada. Una gran flecha apuntando hacia arriba, como una invitación a mirar hacia arriba y dejar la mente vagar.

    —Sí, hija, bien.

    Oh, oh.

    —¿Pasa algo? Me ha dicho Pablo algo de unas pruebas de la abuela, ¿es por lo de la úlcera?

    —Pues sí, le han hecho las pruebas y… por fin se confirma que sí, que es cáncer.

    —¿Qué?

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    Ahí está, la torre Eiffel, sobre…

    … Sobre fondo azul.

    Espera, ¿qué? ¿Se confirma? ¿Para eso no hace falta una sospecha primero? ¿Cáncer? ¿Cómo que cáncer? ¿No era una úlcera que le quitaban fácilmente este fin de semana? ¿Una cosa de entrar y salir?

    —Pues sí, han abierto pero no hay nada que hacer. Ha metastatizado y no hay nada que quitar. De momento le funciona el estómago no se sabe cómo, pero se ha extendido. Es cuestión de meses.

    La torre Eiffel. Enorme, protagonista.

    ¿Meses?

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    Intrincada, apuntando hacia arriba. Sobre fondo azul, dejando la mente vagar.

    No se sabe cómo…

    ¿Extendido? ¿Meses?

    Sólo después de colgar me doy cuenta de que estoy en shock. Aún no sé que cada vez que vea la torre Eiffel, durante el resto de mi vida, pensaré en ese momento en el que me dijeron que mi abuela iba a morir en cuestión de meses, mientras yo, cabezona, me había empeñado en alejarme de casa, y estaba lejos, muy lejos.

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    —*—

    Estoy sola en París. Él se ha ido ya a trabajar, poco antes de comer. Llevo todo el día andando con los zapatos prestados que traía, lo cual en realidad significa buscando una zapatería que no me costase tanto como los billetes de avión. Me he encontrado una fiesta tecno, con grandes altavoces en un autobús de dos pisos, y una pattiserie con una pinta épica. Por la música no dejé de buscar una zapatería de urgencia. Por los cruasanes recién hechos y los pasteles con pasas sí. Ah, es igual que ir aun restaurante, pero saltándose los platos aburridos. También es más barato.

    Estoy sentada en el suelo de la Place Colette. Escribo otras cuatro líneas en mi bonita libreta negra.

    «16:00h. Catorce músicos de cuerda tocan piezas alimentarias, pero lo hacen muy muy bien a pesar del tráfico y las sirenas. Dos violas, dos violonchelos, cuatro contrabajos y nueve violinistas, nada menos, al final de la Rue de l’Opera. Cuando acabe iré al Louvre. No suelo ver ni oír arte en directo. Uno se parece al violinista de Queer as Folk.»

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    Hace mil años que no leo ni escribo música.

    La gente se para con sus niños y yo echo de menos a mi hija. ¿Qué hará esta tarde? Deberíamos atrevernos a hacer más cosas con ella… dan tanto miedo los plantones, las escaleras, la comida medio exótica y en general, lo desconocido de los viajes…

    Después de meditar un rato me queda claro que no voy a encontrar unos zapatos que pueda pagar a menos que coja un cercanías y me aleje rápidamente del centro. Finalmente paso por la puerta de una tienda enorme de color negro. Es una franquicia más, de una marca americana de zapatillas deportivas. De bambos, que decimos en mi pueblo.

    Entro pensando en unos deportivos de correr, como los que usaba cuando estaba en el equipo de cross de mi colegio. Pero finalmente salgo con una mezcla extraña entre unas botas altas y unos deportivos, de la línea de diseño, además de unos calcetines de rayas. Estoy contenta porque nunca he tenido unas botas altas antes: en su día me empeñé en formar parte del equipo de cross sin tener mucho talento para ello, y el resultado es que durante toda mi vida hasta ese instante he tenido unos gemelos que no caben en las botas de talla estándar. Pero estas, como digo, son un tanto extrañas y se atan de manera rara con unos cordones. Son lo más cómodo que me he puesto en años, y significan que estoy lista, por fin, para patearme el Louvre.

    —*—

    Debí empezar por el Louvre. Debí salir del avión, coger una bolsa de cruasanes y pasear por el Louvre todo el fin de semana.

    Si hay algo que me reconcilia y a la vez me enemista con esta ciudad es todo lo que el Louvre contiene, que en sí no considero parte de la ciudad sino lo que la ciudad ha robado a otras, limpiado, etiquetado y concentrado en unos cuantos miles de metros.

    Cuando me alcanza el guardia que echa a los visitantes estoy frente al escriba. Le miro a los ojos, y descubro que podría pasar horas aquí. Me siento identificada con este trabajador de la escritura, como si en cierto sentido fuéramos del mismo gremio a pesar de los cuatro mil años de diferencia.

    Cuatro mil años.

    Le miro a los ojos y las manos, y siguen echándome del Louvre.

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    —*—

    Quizá lo más duro de estar en París sea estar en París sola.

    Llegar sola, y pensar en todo lo que ha sucedido en casa: lo de nuestros mejores amigos, decidiendo que ya no se aguantan más, de manera tajante y final.

    En teoría París es una ciudad para parejas, la meta de lo romántico de la cultura popular, el no va más de lo romántico.

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    Pero soy absolutamente incapaz de sentirme romántica pensando que mientras yo paseo tú trabajas. Que mientras descanso, mi proyecto se hunde. Que cuando compro algo, es con dinero que no es mío, que no tengo y que necesito. Que mi abuela no estará con nosotros mucho tiempo, y que yo me he empeñado en estar aquí.

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    Me he empeñado en venir, y ahora tengo que empeñarme en disfrutarlo.

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    —*—

    La mañana del domingo, al girar por una calle cercana, nos encontramos con un mercadillo callejero en el que se vende prácticamente de todo. Empezamos por una punta en la que hay muebles de segunda mano, aunque quizá pensar que sea sólo la segunda es un tanto optimista.

    Cuando llegamos a la zona de la comida, todo huele fantásticamente. Hay pasteis de Belém en un puesto, y también pan redondo caliente recién hecho, cruasanes, y tomates de un kilo de peso que huelen igual que los de mi abuelo.

    No me lo puedo creer: tomates como los de mi abuelo… madre mía.

    Compramos pasteles, cruasanes, el gran tomate de kilo, pan, queso, paté… De repente podemos montar un festín en un banco que hay al otro lado de la calle. Los parisinos que pasean por este barrio, arreglados de domingo, con sus carricoches y su periódico, se nos quedan mirando, pero da igual.

    Cierro los ojos, huelo el tomate y siento el sol sobre la piel. Estoy en el campo con mi abuelo, y los tomates son aquellos casi de concurso que cultivó aquel año. Enormes, casi tanto como media cabeza, curvados hacia arriba de lo grandes que son. Huelen a azufre. Huelen a mi abuelo, a tranquilidad, a mi familia, a mi casa.

    Devoramos la comida sin cubiertos, sin mantel, sin copas, ni vino, ni restaurante.

    Somos felices.

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    —*—

    Lo bueno del Sacre Coeur fue Youri. Tiene 24 años y toca en la calle. Pero sobre todo, tiene 24 años y toca algo que une a la gente de su alrededor. Es magia.

    Lo vimos ayer en la fuente del ángel ¿cómo se llamaba?

    —*—

    En París, cada foto es un cliché.

    He comprado un billete para uno para dar un paseo en barco por el Sena al anochecer. La gente baila en la orilla la banda sonora de Sex and The City.

    Y tango.

    —*—

    Esa noche quiero volver a ver a Youri. Sé que sería la tercera vez que le oigo cantar este fin de semana, pero realmente escucharle me resulta curativo.

    No tengo suerte en esto. Acabamos pasando la noche con la persona más aburrida que he conocido jamás. Nos lleva a cenar a un restaurante de sushi, pero no sabe cuál elegir. Paseamos por la calle de los restaurantes japoneses arriba y abajo, hasta que elegimos uno. En este momento no parece que vaya a ser tan horrible. Intento llevar el peso de la conversación y me temo que lo consigo. Si tuviera un poco más de autoestima podría oírme a mí misma hablar durante algo más de tiempo, pero en realidad me resulta cansado y aburrido. Descubro que estoy hablando para entretenerme a mí misma, porque este hombre es imposible de entusiasmar con nada, y me resulta triste.

    Después de esto quizá nos enseñe algo más de lo que conoce de París. Al fin y al cabo vive aquí, y no sólo eso, es propietario de un pequeño piso, lo que lo convierte en un auténtico parisino.

    —¿Qué haces los sábados por la noche?

    —No gran cosa, salgo por aquí con algunos amigos.

    —¿Aquí? —Estamos en un bar de deportes. En una gran pantalla, un partido de fútbol que no parece interesar a nadie. Estamos solos frente a nuestras cervezas. Sé que si pido una más, me dormiré.

    Es aún más desesperante pensar que en algún sitio, Youri está tocando en un bar lleno de Erasmus.

    —*—

    Amanece el último día del viaje, en el que tengo que salir casi un día antes de lo previsto, por la mañana temprano en vez de por la noche tarde. Hago rápidamente la maleta, pero como me he comprado otros zapatos no cierra muy bien.

    —Echa lo que pese en la mía grande, tengo mucho sitio. Mi billete es bueno, no tiene una restricción de peso tan chunga como la del tuyo. Nos veremos en casa esta noche, de todas maneras.

    —Vale.

    Joder, yo podría estar en ese vuelo y llevar una maleta decente y todo. Cojo un puñado de cosas: los zapatos pequeños que me rozaban, el cargador del portátil, la carpeta de los cedés, y los pongo en su maleta, a mogollón. Hay mucho sitio libre y las dos cierran bien.

    Compruebo que llevo el billete. Lo llevo. Vuelvo a sacarlo y compruebo que es para hoy. Es para hoy. Miro la fecha en el móvil: hoy es el día que yo pensaba que es. Miro la fecha del vuelo: es la correcta. Guardo el billete en la cartera y la meto en el bolso.

    Desayunamos en un sitio diferente y no deberíamos haberlo hecho. Está bastante peor y nos meten un buen clave.

    Casi no me queda dinero en metálico para el cercanías al aeropuerto, pero no importa porque tengo lo suficiente para comprar el billete de ida. Voy con mucho tiempo, tranquila porque por fin todo puede salir bien.

    Cuando me subo en el tren, me relajo. Todo va rodado, valga la expresión.

    —*—

    Unos minutos más tarde entramos en la estación del Norte, la Gare du Nord. El tren para y algunos viajeros se bajan. De repente, unas voces por megafonía nos piden que nos cambiemos de tren, a otro que está en otra vía. Consigo averiguar cuál es, porque el inglés del megafonista deja mucho que desear, y tardo en llegar allí junto con otros viajeros del mismo vagón. El tren en el que tenemos que subirnos no está. Esperamos.

    Esperamos durante diez, quince, veinte, veinticinco, treinta minutos. De repente el andén está lleno, como en las películas, de gente que espera y se remueve, ansiosa, sentada en sus maletas, como yo.

    Miro el reloj del andén, que avanza peligrosamente hasta marcar las demasiado tarde menos cinco. ¿Qué ocurrirá? Le pregunto a una chica guapa con gafas de diseño, con la esperanza de que signifiquen que habla algo de inglés:

    —Excuse me, do you know what is going on?

    —Oh, there’s a train strike.

    ¡Una huelga de trenes! ¿Por qué no han dicho nada?

    —Uh, uh. And, do you know how far are we from Charles de Gaulle Airport? How long it would take with a taxi?

    —It’s about half an hour by car.

    —But it’s Monday morning. Will there be a traffic jam?

    —Maybe… —pone cara de circunstancias.

    —Well, thank you.

    Mierda. Salgo corriendo a buscar un taxi.

    Cruzo media estación, que es enorme, y encuentro una salida. No hay parada de taxis, sólo un chico que reparte la versión parisina del Veinte Minutos. En fin, quizá por lo menos sepa dónde hay un cajero.

    —Excuse me, do you know where the nearest ATM is?

    —No, I don’t know.

    Bullshit.

    Joder, ¿y te pasas aquí todas las mañanas? Sigo corriendo. Encuentro indicaciones para la parada de taxi. Encuentro la parada. Encuentro un taxi. Unos viajeros se están subiendo en él.

    Encuentro la cola que da la vuelta al edificio para el próximo taxi que llegue.

    Huelga de trenes. París tenía que ser.

    —*—

    De repente levanto la mirada y tres metros más allá de la parada de taxis hay una parada de limusinas. Una pareja y dos chicas jóvenes están hablando con el conductor y subiendo sus maletas. Allá que voy.

    —So, how much does the ride to the airport cost?? —Le están preguntando.

    —Would you take one more person? Do you take credit cards? Will you get us there before 10:20?

    Finalmente acordamos el precio (cuarenta euros por persona, lo mismo que si fuéramos cada uno en un taxi, excepto que no hay taxis), nos montamos en el monovolumen mal llamado limusina y salimos para el aeropuerto. Por el camino vamos mirando las calles en busca de signos de que nos encontraremos un atasco brutal, pero no aparecen.

    Por el camino, cuando conseguimos respirar, compartimos nuestras historias. La pareja veinteañera vuelve a casa, a Boston. La chica francesa es en realidad griego-francesa y va a Grecia de visita familiar. La chica asiática es una japonesa que estudió en Granada como yo y ahora no sólo va a Madrid, como yo, sino que tenemos el mismo vuelo. Aclaramos cuentas. Yo pagaré con la tarjeta y ellos me darán efectivo. Los americanos me miran con cara de preocupación.

    —No tenemos euros suficientes para pagar nuestra parte. ¿Qué te parece si te damos una parte en euros y la otra en dólares? Al cambio de hoy, al final es lo mismo. —La voz tiene un tono suplicante que no es realmente necesario.

    —Claro, por qué no. Estamos juntos en esto. —

    Y hay toda una historia de qué pasó con esos veinte dólares, tiene que ver con Obama y Guantánamo, pero la contaré otro día…

    —Cuando lleguemos vamos corriendo a la puerta de embarque. —Me dice la japonesa —Mi maleta es pequeña…

    —… Yo también llevo maleta pequeña.

    —… no tengo que facturar, y he sacado la tarjeta de embarque por internet.

    —¿La tarjeta de embarque se podía sacar por internet?

    Mierda.

    —Sí, pero creo que en Vueling no es obligatorio sacarla antes de llegar.

    Mierda. Bueno, no es tan grave. Sólo que no podré salir corriendo nada más llegar.

    Según nos acercamos al aeropuerto parece que todo irá bien. Queda algo de tiempo, pero no hay que apurar. Para no arriesgarnos, pido al conductor que me vaya cobrando con la tarjeta antes de que lleguemos.

    Al final voy a acabar con una gran cantidad de dinero en efectivo. Y divisas.

    Cuando el monovolumen llega junto a la puerta más cercana al mostrador de Vueling salimos del coche a toda velocidad, agarramos las maletas y le damos las gracias al conductor mientras corremos hacia el edificio de hormigón gris.

    —¡Nos vemos en el avión! —Me dice la japonesa mientras ella y la otra chica suben corriendo la cuesta hacia la zona de embarque.

    Llego sin aliento al mostrador de Vueling.

    —Por favor, la tarjeta de embarque para este vuelo a Madrid.

    —Séfermé.

    —¿Qué?

    —Séfermé. We are boarding now. They’ve called us from upstairs and we cannot take any more passengers.

    —What? But, do you realise there’s a train strike? How much does it cost to actually get here?

    —We’re closed. The plane is now boarding. Please, go to the ticket office there and buy another ticket.

    —But there’s a train strike!! You have to understand! The plane has not left yet! Those girls there are going to make it!

    —The plane hasn’t left, yes. Take your ticket there and you won’t have to pay taxes for your new ticket. As you haven’t checked in yet it’s just a change. Otherwise you’ll have to purchase another full ticket. With taxes.

    No me lo puedo creer.

    No puedo.

    —When does the next flight leave?

    —You’ll have to ask her over there.

    Mierda. Check-in online. Mierda. Nunca más. Puto Vueling. Putos franceses, putas huelgas.

    Creo que estoy llorando.

    Las piernas me hacen cosas raras mientras camino muy despacio los veinte metros hasta el mostrador de venta de billetes. Respiro y pregunto cuándo es el próximo vuelo a Madrid.

    —Esta noche a las 9.

    —¿A las nueve de la noche?

    Un día entero en Charles de Gaulle. Si vuelvo a París, ¿cómo volveré luego al aeropuerto? ¿Conseguiré llegar a tiempo de nuevo? ¿A qué precio? Y cuando llegue a Madrid ¿qué voy a hacer? El último tren de vuelta a casa sale a las siete de la tarde.

    Creo que tengo la mirada perdida, pero de repente me fijo en el mapa publicitario que tiene detrás la encargada de venta de billetes.

    —¿Y a Valencia?

    Teclea en el ordenador.

    —Hay uno hoy, pero no quedan plazas.

    —¿Y a Granada?

    Teclea de nuevo.

    —Tampoco quedan plazas para hoy.

    La otra opción disponible es Santiago de Compostela. No tiene sentido preguntar.

    —Pues… para Madrid, para hoy.

    No me puedo creer que esté comprando otro billete de avión.

    —¿Cuánto es?

    —Ochenta euros. Las tasas ya están pagadas en el billete anterior.

    Le doy mi tarjeta, que acababa de guardar cinco minutos antes con la esperanza de no hacerla sufrir más. Pobre tarjeta mía. Cuando llegue el recibo no sé lo que voy a hacer.

    —Aquí tiene su billete. Puede sacar la tarjeta de embarque en el mostrador del final del pasillo.

    —Sí, ya las conozco.

    Doce horas en París. En el aeropuerto Charles de Gaulle. Por un instante pienso que por lo menos le veré antes de que él se embarque, pero no es cierto: él sale de Orly. Así que, nada. Tanto madrugar, tanto cambiar billetes, tanto correr por la Gare du Nord, para acabar aquí tirada.

    Con toda la calma del mundo, saco mi tarjeta de embarque y me dirijo al control policial de entrada.

    —*—

    En Charles de Gaulle el molesto control de equipajes se hace justo antes de la puerta de embarque, de modo que en seguida llegué a la zona de las tiendas. Era bastante pequeña, y dando vueltas por pasillos y rampas conseguí salir de nuevo de la zona de pasajeros y acabar donde había comenzado. Me sentía como en una cinta de Moebius.

    Vuelvo a entrar a la zona de pasajeros.

    —*—

    Excepto que este aeropuerto todavía no ha terminado de reírse de mí. Mientras dejo que la cinta transportadora me suba hasta el piso de arriba, me llama la atención un anuncio. Tiene colores brillantes, y unas siluetas de personas bailando bajo una enorme bola de discoteca. El mensaje dice:

    «Living it up in Paris. Priceless.»

    Well, no. Not really.

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    —*—

    Doy la segunda vuelta por el extraño círculo de la zona de espera. Se nota que estamos en una terminal de bajo coste porque las tiendas y restaurantes son cutres. Hay espacios vacíos, mucho hormigón gris, y pocos asientos. La gente se concentra más cerca de unos con un gran pivote en el medio. Son columnas de enchufes.

    Yo llevo un ordenador en la maleta, pero no el cable ni la carpeta de los DVDs. Ni en Barajas, ni en Charmartín, ni en Atocha, ni en el tren que va a casa hay enchufes. No me queda batería. No pensé que tendría que esperar aquí doce horas.

    Tampoco llevo nada para leer.

    El cargador del mp3 sí que lo llevo, y puedo escuchar algo de música incómodamente cerca de unos chicos que se arremolinan alrededor de un portátil. Me pregunto si es algo interesante, pero desde donde estoy sólo se ven hojas de Excel y gráficos de barras. Lo cual puede ser más interesante aún, o no. Me miran de reojo. Definitivamente estoy demasiado cerca. Recogen sus cosas.

    Me levanto y doy otra vuelta a la rueda de cobayas.

    —*—

    —¿¡Qué!?

    Dice mi mejor amiga desde la oficina, cuando la llamo.

    —No me puedo creer lo que te está pasando. ¿Huelga de trenes, dices?

    —Huelga de trenes.

    —¿Y no te han dejado subirte al avión?

    —Nop.

    —¿Y qué vas a hacer ahora?

    Buena pregunta.

    —Puedes, por favor, entrar en la web de Renfe… no te lo pediría si no fuese necesario… ¿y cambiar el billete que tenía para este mediodía a mañana por la mañana?

    —Yo te lo cambio. Ahora te llamo.

    —Gracias guapísima.

    —Anda que lo que no te pase a ti…

    —Siempre me corto con una baguette. —Es mi ejemplo de mala suerte y torpeza propia. Ella se ríe de mí porque un día me corté profundamente un dedo con la corteza de una baguette. Es la típica cosa que es más dolorosa aún por lo estúpida que suena.

    Me falta otra llamada por hacer.

    —Niña, ¿qué planes tienes esta noche?

    —Tengo un cumpleaños en San Sebastián de los Reyes. ¿Por?

    —Hay huelga de trenes en París y he perdido mi vuelo. Necesito pasar una noche en Madrid.

    —Oops, bueno, supongo que puedes venirte a esto cuando llegues. Pero no sé a qué hora estaríamos de vuelta.

    —¿De quién es el cumple? —Todo esto parece un poco raro.

    —No le conoces, aunque quizá sí a otras personas que vayan.

    —Déjalo, pensaré otra cosa.

    —¿Seguro? Para mí no es problema.

    —Seguro, seguro. No pasa nada.

    —Son gente muy maja, no pasa nada.

    —No te preocupes, me las apañaré.

    Cuelgo y al minuto vuelve a sonar el teléfono. Es María.

    —Ya tienes cambiado el tren al primero de mañana. Te cobran algo, un euro y pico.

    —Nada. Fantástico. Muchas, muchas, muchas gracias.

    —¿Dónde te quedas?

    —Esta niña tiene un cumpleaños. No lo sé.

    —Tengo a César en el Gtalk. Dice que te quedes en su casa, que va a Barajas a buscarte.

    Podría llorar, pero he llorado mucho ya este fin de semana.

    —Dile que sí, que muchas gracias.

    Es un buen plan. Estoy en un sótano y sale un poco de sol.

    —Muchas gracias a ti también, guapísima.

    —Nada, nada. Lo que no te pase a ti. Huelga de trenes…

    —Ya.

    —*—

    En el aeropuerto Charles de Gaulle de Roissy, París, en la terminal cutre, hay una puerta que dice «sala de meditación». Mientras intento calmarme, voy al baño, busco qué hacer, la miro con interés y con la esperanza secreta de que detrás haya un sitio agradable en el que quizá, meditar un rato en silencio y en penumbra. Quizá incluso se pueda leer algo con comodidad. Me imagino una gran sala alfombrada con cojines, paredes de colores oscuros, quizá alguna falsa cristalera de colores.

    Finalmente me doy cuenta de que tengo poco más que hacer, y decido pasar.

    La primera sorpresa es que no me encuentro con una sala sino con un pasillo. A la derecha hay expositores de cristal con cosas que ya no recuerdo, y al fondo el pasillo gira a la izquierda. Veo tres puertas.

    En una hay una cruz, en otra una estrella de David y en la última una media luna. La puerta de la media luna está abierta: tiene al lado un pequeño estante lleno de zapatos, y alguien acaba de entrar. Se oyen voces.

    Me puede la curiosidad y abro la puerta de la cruz. Dentro hay una sala gris, una especie de microcapilla. No hay nadie, ni parece que lo haya habido recientemente. No hay horarios, libros, ni signos de que esté en uso, excepto que está muy limpia: huele a limpiador de cuarto de baño. Se me ocurre que quizá lo limpien las mismas personas con la misma fregona. En realidad, toda esta segregación me recuerda a las de los cuartos de baño.

    La habitación tiene bancadas como las de las iglesias, pero más pequeñas: una persona tumbada no cabría. A la izquierda hay un pequeño altar y colgando de la pared, un crucifijo. Además, la combinación de paredes gris claro con la luz fluorescente lo hacen especialmente inhóspito.

    Si las religiones fueran franquicias, esta concreta estaría a punto de cerrar, sostenida sólo por la cabezonería de alguien. Esta sala me parece una franquicia de pueblo, venida a menos, de una gran cadena internacional. Los elementos están ahí, pero el espíritu del sitio que imita está palpablemente ausente.

    Todo en ella me resulta triste, y me voy, sin prisa, porque tengo todo el día para explorar este sitio.

    No sé si será significativo que ni siquiera me atrevo a abrir la puerta de la estrella.

    —*—

    En teoría estoy en París, pero todos los aeropuertos pertenecen al mismo país indistinto de sándwiches plastificados, bollería industrial, revistas genéricas y superventas en edición de bolsillo.

    Paso a la siguiente franquicia, que es un supermercado-librería con un poco de todo. Voy directa a los libros en inglés y hago el descubrimiento del día: el libro Life of Pi, de Yann Martel. Va de un naufragio, y me siento identificada. En cierto sentido llevo varios días naufragando sin parar. O quizá lleve meses naufragando, y esto sea sólo una cristalización de un sentimiento mayor de pérdida continua. Compro el libro y un botellín de agua, y sigo explorando.

    También podría comer algo, imaginar que sigo estando en París. Voy a un restaurante que imita decentemente un lugar en el que querría estar. Está prácticamente vacío porque no es una hamburguesería y esta terminal es de bajo coste. Escojo un buen sitio y pido algo que resulta ser un gran medallón de carne a la plancha, grueso, con judías verdes. Lo pido al punto y el centro está crudo, pero en cierto sentido me resulta agradable. Intento imaginarme que es el hígado de la encargada de Vueling que no me ha dejado subirme a mi avión, y me siento un poco mejor.

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    Por fin llega la hora de embarcar. Ya sé dónde es porque he dado mil vueltas hoy por cada rincón de este sitio. Es extrañamente apropiado que el aeropuerto Charles de Gaulle esté en Roissy.

    Resulta que en este aeropuerto el control supuestamente antiterrorista se pasa justo antes de embarcar. Hay además uno por cada dos puertas de embarque, así que no tienen mucha gente. Se llega a esa zona subiendo por una rampa mecánica. Al final hay una licorería separada del control por una pared plástica, y después del control unos grandes ventanales que dan a la pista. Dentro sólo hay asientos, moqueta, y cinco consolas promocionales de videojuegos. Dos están rotas y tres tienen cola, un grupillo de preadolescentes jugando.

    Me dirijo al control con mi maleta, mi bolso, y mi libro. No hay cola. El responsable de las bandejas me dice algo en francés.

    —Pardon me? Ye ne parle pá fransé.

    —I said excuse me, this gentleman was first.

    Había un señor de pie a mi lado. Ni le había visto: no lleva maleta ni abrigo, sólo una gabardina.

    —Oh, OK, go ahead. —No tengo prisa.

    —No, please, you go.

    —No, it’s OK, I’m fine.

    El señor de la gabardina pasa primero. Dejo mi bolso en la bandeja y paso por el arco. Nada, como siempre. No suelo viajar con cosas metálicas.

    —Please, could you lift your jeans a bit?

    —Sorry?

    —Could you lift your jeans a bit?

    —Hm, yeah, I guess.

    —Are those boots?

    —Yes, they’re boots.

    —Please, take them off.

    —What? I don’t have to take my shoes off.

    —Madam, please take off your boots.

    —You cannot ask me to take off my shoes. That rule is no longer in force. The European Union has forbidden it! I don’t have to take my shoes off.

    Mira mi pasaporte.

    —Spanish? Wait.

    Tienen mi pasaporte. Se acerca un chico de unos veinte años.

    —Señorita. — Tiene aspecto de chico marroquí de buena familia, como el compañero de piso de mi mejor amiga. —Señorita, por favor, quítese las botas.

    —No lo entiendo, ¿por qué tengo que quitarme los zapatos? Son de plástico.

    —En las botas se pueden esconder cuchillos. dice con tono conciliador, sin acento. —Por favor, tenemos instrucciones de pedir a todo el mundo que lleve botas que se las quite. Por favor se lo pido, quítese las botas. Si quiere puedo darle unas bolsas para los pies.

    Quería protestar. Decir que cruzando el pasillo se podía comprar (¡y hacer pasar el control!) vodka y cerillas, una combinación mucho más peligrosa que mis botas de plástico. Quería gritar, patalear, que me enseñaran dónde ponía que tenía que quitarme ropa alguna simplemente porque sí, quería hacer valer mis derechos… Pero sobre todo, sobre todas las cosas, sobre mis derechos, sobre los de los demás, sobre lo que es justo, sobre el 11S y los antepasados de todos los empleados de seguridad tocapelotas… sobre todo, tenía ganas de coger ese vuelo y salir de allí.

    Miré al chico. Era el empleado de aerolínea par, luego tocaba que fuese simpático. Mi teoría iba cobrando fuerza. O quizá tienen bien ensayada la rutina de poli bueno, poli malo.

    Mientras pensaba en el vodka y prenderle fuego a todo, me desabroché las cordoneras de las botas con toda la calma del mundo y me quedé en calcetines de rayas hasta la rodilla. Se me ocurrió que si llevara un cuchillo lo habría puesto debajo de los calcetines, junto a mis gemelos, que abultan de todas maneras. Espero que después de publicar esto me sigan dejando volar.

    La maleta roja ya había pasado: puse mi bolso en una bandeja y mis botas nuevas en otra.

    Pasan por la máquina de rayos X: transparentes. Cojo las botas y miro al chico que habla español. Se encoge de hombros y pone cara de «es mi trabajo». Pero su compañero me llama.

    —Madame, there’s a problem with your bag.

    Dios mío, y ahora qué.

    —Madame, please open your bag and put everything in this tray.

    Si alguna vez tuviese dudas sobre si hacer volar por los aires una terminal de aeropuerto es una buena idea o no, seguro que tipos como éste me sacarían de dudas por completo. Suspiro y vacío mi bolso. Salir de aquí, salir de aquí, salir de aquí.

    —Unos auriculares. El cargador del mp3. El mp3. Una cartera con documentos. Mi monedero. Life of Pi, de Yann Martel. Un botellín de agua medio vacío. O medio lleno.

    El botellín. Joder.

    —Madame, you cannot take that to the restricted area. Please throw it away here. —Dice, señalándome un contenedor de basura que le llega casi a la cintura, lleno de objetos similares.

    —Can I drink the water first?

    —Yes.

    Mirándole, me bebo todo el agua que le queda de un trago, y tiro el botellín.

    —Is it OK now?

    —Yes.

    —Thank you.

    ¿Por qué puedo llevar una botella de cristal llena de vodka pero no una de agua medio vacía? Nunca lo entenderé. Bueno, porque siguen ganando el mismo dinero o más haciéndolo así. Dos pasos más y estaré en la zona de embarque. Paso y me siento a leer al sol en un asiento libre, y al rato, casi sin creerlo, se ha hecho de noche, y estoy dentro del avión.

    —*—

    —Fuck Paris! —digo en voz muy, muy baja mientras saco el dedo corazón, como si pudiera sacarlo por la ventana del avión, a las luces que parpadean en la oscuridad.

    —Fuck Paris! —me digo a mí misma y a todo lo que representa, el destino romántico, el lugar de los sueños, la meta refinada del arte. Estoy hasta las narices de ti. Eres todo lo que se supone que tienes que ser, y aun así, no me sirves.

    Le decíamos al chico del piso como la caja de cerillas que no paraba de mudarse de ciudad, pero que la ciudad de la que huía la llevaba dentro. Esto no se nos había ocurrido a nosotros solos: era el concepto de fondo de un poema de Kavafis.

    Pero aun así, me aliviaba enormemente salir de allí, tanto como me había empeñado en llegar.

    Por una vez me da igual quién pueda tener a mi lado. Normalmente un avión es un buen sitio para conocer a quien tienes al lado, y quién sabe, hacer contactos útiles para tu negocio. Pero yo estoy harta, estoy hasta las narices ya de esto y acabo de decir Fuck Paris muchas veces en voz bajita. Debo parecer una loca, pero al fin y al cabo soy una chica y acabamos hablando. Es el nuevo encargado de comunicación de la división española de una empresa francesa que se está estableciendo en España. Está claro que me interesa como cliente, y le doy mi tarjeta.

    Pero no me va a llamar, y no me extraña.

    Al llegar a Madrid me espera César, porque es un caballero andante pero sobre todo un caballero. Le abrazo y me siento un poco más en casa. Íbamos a cenar con más gente pero se ha hecho tardísimo y estamos todos agotados. Llegamos a su piso y conseguimos aparcar justo enfrente del portal. Me pide un taxi para la mañana siguiente y pasamos horas hablando como si no tuviéramos todo el sueño que tenemos.

    Tengo miedo según me levanto de que todo salga de nuevo fatal, pero a las seis de la mañana empieza el día sin novedad. El taxi llega a la hora convenida, aún de noche, y no parece que haya huelga de trenes aquí. Cojo un tren. Llego a donde iba.

    Cuando salgo del tren y me subo al taxi no sé exactamente qué decir. No estoy en la ciudad en la que vivo: habíamos quedado aquí pero ahora los planes son diferentes. ¿A dónde voy? Llamo a mi hermana para ver dónde está.

    —A la Arrixaca, por favor.

    Me voy a ver a mi abuela.

    —*—

    Según llego al hospital me doy cuenta de que nunca he estado en el ala de enfermos, sólo he venido a hacer visitas de maternidad. Mi hermana me ha dicho la planta y la habitación, pero el lugar es un lío, un hospital como tantos que parece hecho a retazos (¿no lo están todos?), con pasarelas entre edificios y extraños pasillos, plantas y numeraciones que van cambiando de una manera que sospecho aleatoria. Finalmente consigo llegar a unos ascensores, pero el botón que pulso no funciona. Llega una chica y me dice

    —Espera, yo llamo.

    Acciona un botón con llave, y me subo detrás de ella.

    Al llegar a la planta veo a mi hermana al fondo, mirando en otra dirección. Hoy ya es médico, pero entonces estaba allí de prácticas.

    —Hey, estoy aquí.

    Se gira y me mira con cara de sorpresa.

    —¿Por dónde has llegado? ¿Te has colado en el ascensor de los médicos?

    —¿Ah, por eso lo de la llave? Pues puede ser, sí.

    —¿Cómo está la abuela?

    —Un poco fastidiada porque no le hayan quitado la úlcera. Pero no sabe nada.

    —¿No sabe nada?

    —Nada, excepto que no le han quitado lo que le iban a quitar.

    Vaya.

    La habitación en la que está es antigua pero soleada. Abrazo a mi abuela, y la abrazo más fuerte de la cuenta.

    —¡Los puntos, hija!

    La he abrazado justo donde la acaban de coser. Me siento de nuevo la persona más torpe de la historia pero me alegro de verla, de estar aquí, al sol, de haber llegado, de haber venido directamente, en cierto sentido, de que todo parezca normal. Le cuento parte de las desdichas del viaje. Cuanto más tiempo pasa menos trágico resulta. Esto nos entretiene a las dos. Quizá este viaje sirva para algo.

    Mi hermana ha oído la historia y se ofrece a llevarme en coche a casa. Me parece la mejor idea del mundo: un rato en el coche con mi hermana, a la que veo poquísimo, y llegar pronto, pronto, por fin dejar la maleta, dejar de viajar.

    Dejar de descansar y volver al trabajo, porque de alguna manera tendré que pagar estos seis billetes de avión a París.

    —*—

     

    Epílogo: ¿al final se casan?

    Sí. María se mudó a Madrid con César. Este verano se casaron en la #bodamoñest: http://yoosdeclaro.pollomaligno.com

    Pagué mis facturas. El bache económico pasó hace muchos años. Esto no tiene que ver con la situación actual de Matiz: la empresa sobrevivió y dobló su facturación.

    Siempre echaré de menos a mi abuela. Heredé su rodillo de amasar.

    Lily, no te preocupes, que es broma: no odio a los franceses. Tanto. Que no. También gracias a ti.

    Tuvimos a otro niño. Nos los llevamos de viaje, incluso cuando es en avión.

    No he vuelto a París. Pero desde entonces, siempre miro tres veces la fecha de los billetes que compro.

  • Nicaragua, con tus propios ojos (III): poesía, Darío y Borge

    Nicaragua, con tus propios ojos (III): poesía, Darío y Borge

    Decíamos ayer, que nosotras no comprendíamos qué fascinaba tanto a Roberto Sáinz la casa en la que creció, hasta que la vimos. Le habían puesto el nombre del gran héroe nacional: Rubén Darío, el padre del modernismo (este poema, Divagación, gustará a los traductores del público). Para el resto:

    Lo fatal

    Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
    y más la piedra dura porque esa ya no siente,
    pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
    ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

    Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
    y el temor de haber sido y un futuro terror…
    Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

    y sufrir por la vida y por la sombra y por
    lo que no conocemos y apenas sospechamos,
    y la carne que tienta con sus frescos racimos,
    y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

    ¡y no saber adónde vamos,
    ni de dónde venimos!…

    —Lo saqué de: Lo fatal, Poemas de Rubén Darío

    Nicaragua es un país que adora la poesía e idolatra a los poetas.

    En ese sentido es un poco como Granada. Ya nos decía Ricardo Muñoz en clase: en Granada [hablaba de España], tienes suerte si eres el mejor poeta de tu patio de vecinos.

    Todo esto nos lo había contado algo antes de ver los monumentos de los revolucionarios.

    Flash forward hacia Granada

    Roberto Sáinz, ex viceministro de Educación de Adultos, nos enseñaba los monumentos a los revolucionarios y nos dijo que todo granadino (de Granada, Nicaragua) dice haber nacido en la calle de la Calzada. Así que voy a hacer un pequeño flash forward y os la voy a enseñar.

    Empezaré diciendo que Granada, Nicaragua, es preciosa.

    Aquí comienza la calle de la Calzada.
    Aquí comienza la calle de la Calzada.

    Esto es lo que ves si avanzas hacia el lago. Es una calle peatonal, llena de cafés, restaurantes, terracitas…

    Hablando con Jeffrey McCrary (más sobre él, más tarde), en Granada (Nicaragua) con mi camiseta de la Universidad de Granada (España).
    Hablando con Jeffrey McCrary (más sobre él, más tarde), en Granada (Nicaragua) con mi camiseta de la Universidad de Granada (España).

    Y de repente, el Hotel Darío

    Roberto nos contaba con orgullo que el Hotel Darío había sido su casa. ¿Qué era tan especial? Pues… vaya. Sí.

    Hotel Darío, Granada, Nicaragua
    Hotel Darío, Granada, Nicaragua

    Aquí vivían 27 personas, 20 de su familia y 7 de servicio. El mundo es un pañuelo y Nicaragua es, además, muy pequeña. Eran diez (¡10!) hermanos, y la revolución les separó también ideológicamente, en un sentido y en otro (puede leerse sobre eso en este libro que ya cité).

    Vista desde la puerta hacia el patio del Hotel Darío
    Vista desde la puerta hacia el patio del Hotel Darío

    (Madre mía, aquí parece que hay un modelo en 3D).

    Mis fotografías no hacen justicia a la belleza y paz del lugar. ¿Es que todas las Granadas te obligan a volver, volver, volver?

    Borge

    Uno de los pocos murales que vi, a pesar de que me habían dicho que vería muchos. Estos son Carlos Fonseca, Daniel Ortega y Borge. ¿Quién falta y quién sobra? Ja.
    Uno de los pocos murales que vi, a pesar de que me habían dicho que vería muchos. Estos son Carlos Fonseca, Daniel Ortega y Borge. ¿Quién falta y quién sobra? Ja.

    Pero estábamos hablando de los monumentos a los revolucionarios.

    Monumento a Carlos Fonseca, Managua, 1980
    Monumento a Carlos Fonseca, Managua, 1980: Carlos es de los muertos que nunca mueren.

    ¿Qué pasa con vuestros indignados? Nos preguntó Roberto Sáinz. Él estaba indignado por la piñata (la corrupción y robo desde el gobierno sandinista en los 80, cosa que ha sucedido a mucha mayor escala en España). Estaba orgulloso de la futura ley de protección a la mujer (contra la violencia «de género» digamos, pero eso contra la violencia a la mujer). La situación de la mujer en Nicaragua es precaria, en parte, porque el 27% de las nicas de entre 15 y 19 son madres ya. De pasada, mencionamos a Borge.

    Vaya un personaje, Borge.

     

    Managua, 1980
    Managua, 1980. Mi padre le da la mano durante un concierto de los Godoy.

    Así describe el propio Borge esa época, en varias entrevistas:

    Borge en el ABC

    «Habíamos llegado al poder cubiertos con un aura de santidad. Éramos ‘los muchachos’, héroes del pueblo que habíamos liberado. Pero luego vino la guerra [frente a la insurgencia contrarrevolucionaria apoyada por Estados Unidos: la Contra], las presiones, la crisis económica y los errores, y los héroes que éramos nos convertimos en reyes. Hubo un grado de arrogancia de los miembros dirigentes del FSLN, que teníamos tanto poder que la gente nos miraba como reyes, y nosotros actuábamos como reyes. No siempre fuimos consecuentes con la responsabilidad histórica que teníamos con la Revolución», declaraba en 2009 a ‘El nuevo diario’.

    ABC, 1 de mayo de 2012 (los destacados son míos).

    Borge en el Diario de Cuba

    En 2006 fue acusado, junto a Ortega y otros líderes sandinistas, de genocidio y crímenes de lesa humanidad ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) por delitos supuestamente cometidos también en los años 1980 contra comunidades indígenas asentadas en el Caribe de Nicaragua.

    En una entrevista concedida a La Prensa en años recientes, Borge se quejó de que solamente se mencionaban sus errores y no se valoraran otros hechos.

    «Nadie reconoce que yo fundé las cárceles de régimen abierto, donde los prisioneros estaban sin custodia y sin reja. Nadie reconoce que yo fundé la cárcel de La Esperanza, de mujeres. Nadie lo reconoce. Nadie lo recuerda. Sólo recuerdan nuestros errores que cometimos, como haber establecido la censura de prensa, que a estas alturas creo que fue un error», dijo.

    Afirmó que muchas de las acciones que se le atribuyeron fueron «mandatos» de la Dirección Nacional del Frente Sandinista, integrada por nueve comandantes, entre ellos él. «Yo no podía por mi propia cuenta tomar decisiones», alegó. (..)

    «Para una buena parte de los representantes de la Revolución Nicaragüense, Tomás Borge buscó encarnar la corriente libre y el carácter original del movimiento. Pronunció los mejores discursos, tuvo los gestos más grandes y disfrutó del contraste entre su personalidad legendaria y el Ortega introvertido y carente de gracia. Grandioso e impredecible, Borge podía ser severo por un lado y extremadamente generoso por otra. Era un buen amigo de sus amigos», dijo escritora y ex militante sandinista Gioconda Belli, en declaraciones a la AP.

    Después de 1990, «tengo la sensación de que él renunció a sus ilusiones revolucionarias. Su lealtad a Ortega fue pragmática y buscó salvaguardar su supervivencia política y económica. Ortega le dio la dimensión de símbolo revolucionario e hizo que se convirtiera en una sombra de sí mismo. Terminó como una figura tragicómica», añadió.

    De baja estatura, pero de complexión fuerte, Borge se jactaba de nadar 1.500 metros y de su vigor sexual.

    Diario de Cuba

    Borge en CNN México

    «Voy a morir con la frente levantada, porque he cumplido con mi deber, porque he sido leal a mis principios, a mis compañeros (…) he sido leal a mis amigos, he sido leal a la bandera rojinegra, no tengo otra bandera que esa», dijo meses antes de su muerte, en entrevista televisiva. (…)

    Borge fue aficionado a la poesía y la escritura. Es autor de los libros La paciente impaciencia, una obra biográfica que ganó el Premio Casa de las Américas; Un grano de maíz, que ataca las intromisiones de Estados Unidos en Nicaragua y Salinas, dilemas de modernidad, que retrata al expresidente mexicano Carlos Salinas.

    CNN México, 5 de mayo de 2012

    Borge en La Prensa, una entrevista gloriosa que me gustaría copi-pegar entera

    Hace algunos meses, en Panamá, dijo que quiso tanto al escritor argentino Julio Cortázar, que si aquél «le hubiese pedido que hicieran el amor, lo hubiese hecho».

    (…)—¿Qué tanto ha cambiado Tomás Borge en los últimos años? Digo esto porque usted antes caminaba un aparataje militar enorme y ahora me lo he encontrado haciendo fila en el cine.

    —Ahora me doy cuenta que todo aquel aparataje era absolutamente inútil. Sobrancero. Era una especie de despilfarro del presupuesto. No obstante, a pesar que yo andaba en efecto con ese aparataje, siempre hacía fila para entrar al cine o para cualquier otro menester en el que había que hacer fila. Nunca dejé de hacerla. A mí me estorbaba el aparataje. Algunas veces me escapé. Siempre me localizaron, y era, al parecer, una situación inevitable, la cual agradaba a algunos dirigentes de ese momento, y a otros no. Era una especie de imitación mecánica de los países socialistas. Como los asesores provenían de esos lugares, ellos montaron esos aparatos, que en algunos casos fueron muy útiles.

    —Mucho de eso era para simbolizar el poder.

    —Probablemente. Algunos incluso sostenían esa tesis, de que el poder requería de una imagen. A estas alturas, con toda la experiencia que hemos vivido, con toda el agua que ha pasado por el puente, me doy cuenta que la imagen del poder real no es esa. El poder verdadero no requiere de vestiduras.

    (..)

    —Se oía hablar mucho de las correrías de Tomás Borge.

    —Siempre se exagera. Yo dije una vez que quería tanto a Julio Cortázar que si él hubiese sido homosexual y me lo hubiera solicitado, yo hubiera aceptado hacer el amor con él, porque lo quería tanto. Pero de ahí no podés interpretar que yo soy homosexual.

    —Mucha gente interpretó eso.

    —Era una manera de decir cuánto lo quería. Sin embargo… ¿crees que soy homosexual?

    —No sé, dígame usted.

    —No, no tengo ningún prejuicio con los homosexuales, pero no lo soy. No lo soy. Pero los respeto. A las lesbianas y los homosexuales los respeto.

    —¿Lo que dijo sobre Cortázar en Panamá le trajo críticas aquí en Nicaragua?

    —No, chistes nada más, de mis compañeros.

    —¿Por ejemplo?

    —Pues ideay, «no lo sabíamos»… Nadie lo tomó en serio.

    La Prensa, 29 de septiembre de 2002 (La Prensa es el diario conservador de Nicaragua, anti-somocista, cuyo director fue asesinado —por orden de Somoza, probablemente—, quemado por la guardia somocista como última orden de Somoza, censurado por Borge, cuya directora, viuda del director asesinado, acabó siendo la presidenta Violeta Chamorro, financiado por la CIA, anti-corrupción, neo-liberal… la historia de La Prensa da para varias películas).

    Estábamos frente a los monumentos

    El de Carlos Fonseca: «Carlos es de los muertos que nunca mueren».

    Monumento a Carlos Fonseca, Managua, 2013
    Monumento a Carlos Fonseca, Managua, 2013

    Y el de Borge: 30 de abril de 2012.

    Monumento a Borge, Managua, 2013
    Monumento a Borge, Managua, 2013

     

    Y como os decía el poema de Rubén Darío al principio:

    y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

    ¡y no saber adónde vamos,
    ni de dónde venimos!…

    [Pronto] el relato del viaje, de nuevo, CONTINUARÁ…

  • 22 rondas de beso, atrevido, verdad

    22 rondas de beso, atrevido, verdad

    Es la época de los premios de blogs, no solo de los bab.la. (Vótame, a todo esto),

    Vota los Top 100 Blogs Profesionales de Idiomas 2013

    … Sino que hay un nueva partida de Lovely Blog Award, el meme que me ha apetecido renombrar como Beso, atrevido, verdad, al ser una variante de más o menos el mismo juego. 11 preguntas, 11 respuestas, 11 invitados.

    Muchas gracias por pensar en mí, Iris Permuy y Elena Nevado, como sois dos, me toca hacer 22 confesiones. A ver qué os parecen.

    1. ¿Cuál fue tu primer encargo de traducción?
    2. ¿Qué encargo recuerdas con más cariño?
    3. ¿Cuál sería el encargo de tus sueños?
    4. ¿Qué idioma, aparte de los que ya hablas, te gustaría dominar? ¿Por qué?
    5. ¿Freelance o en plantilla? ¿Por qué?
    6. ¿Qué serías si no fueras traductora?
    7. ¿Cuál es tu especialidad y por qué la elegiste?
    8. ¿En qué otras ramas te hubiera gustado especializarte?
    9. La traducción: ¿un gremio competitivo o solidario?
    10. ¿Crees que el traductor sigue siendo una figura invisible, o hemos mejorado en ese aspecto?
    11. El mejor consejo que te hayan dado nunca.
    12. ¿Cuándo supiste que querías dedicarte a la traducción?
    13. ¿Qué idea tenías sobre este mundo antes de adentrarte en él?
    14. ¿Cuál es tu mejor experiencia relacionada con los idiomas?
    15. ¿Y la peor?
    16. ¿Qué te hizo elegir tu combinación de lenguas?
    17. ¿Qué proyectos tienes en mente?
    18. ¿Qué haces para desconectar del trabajo?
    19. Si no hubieses sido traductora, ¿a qué te habrías dedicado?
    20. Cuéntanos 3 manías que tengas.
    21. Un sueño por cumplir.
    22. ¿Te entretienes viendo fotos de gatitos y perritos?

    1. ¿Cuál fue tu primer encargo de traducción?

    Creo que fue para mi suegra con un artículo de didáctica de las matemáticas que no podía entender bien. Lo hice en WordPerfect 5.1 para DOS, y creo que estaba en COU, porque recuerdo que era todavía en casa de mis padres (yo me fui a estudiar a Granada con 18 años, para ya no volver más que de visita).  No sé si le cobré algo o me dio vergüenza.

    2. ¿Qué encargo recuerdas con más cariño?

    El siguiente encargo comercial que recuerdo. Fue ya en mi primer verano como licenciada. Eran unas etiquetas de vino para un amigo, Javier Ajenjo, de Bodegas Conde. Acordamos que me pagaría 6 botellas de Neo del 2003, que me enviaría a casa cuando volviera de Grecia. Yo creo que ya no se acuerda, pero cuando veo cómo se han revalorizado (ahora cuestan 10 veces más que entonces) me imagino que si un día me las da (codazo, codazo, guiño, guiño), habrá sido una buena inversión.

    Luego, hay un proyecto que está aún en marcha, que es la traducción de un libro que sirve igual para adultos que para niños, unos cuentos con finales bastante curiosos. Está ya terminado, a falta de la ilustración y un repaso final. Espero que se publique en los próximos años…

    3. ¿Cuál sería el encargo de tus sueños?

    Creo que cuando te gusta tu trabajo, y trabajas con la gente de tus sueños, lo que estés haciendo es lo de menos. Así que cualquier encargo en el que me paguen por hacer lo que me gusta con la gente que más me interesa es el encargo de mis sueños. En ese sentido, tengo mucha suerte porque tener una agencia te da muchas posibilidades de elegir con quién trabajas y en qué, lo que compensa mucho por todas las horas de pelear con morosos, bancos y hojas de Excel que implica ser responsable de una agencia.

    Para ser más concreta, cualquiera de las últimas tres interpretaciones que he hecho han sido el encargo de mis sueños. Lo cuento también en esta entrada.

    4. ¿Qué idioma, aparte de los que ya hablas, te gustaría dominar? ¿Por qué?

    Yo solo considero que hablo inglés y español, hasta el punto de que dependiendo del tema y la persona con la que esté hablando, a veces (lo siento) me resulta más fácil expresar cosas en inglés. Esto pasa porque, por ejemplo, esté a mitad de un libro en el que estoy inmersa en el vocabulario en inglés de algo. Si no, tengo que estar traduciendo mentalmente. Como soy muy exigente con mis traducciones, me distraigo. También hablo inglés a diario cuando Pablo y yo estamos comentando de un tema del que no queremos que se enteren los niños, pero como están aprendiendo también, vamos a tener que buscar otra estrategia.

    Me gustaría dominar los que considero que no hablo, que son alemán y griego.

    Mi objetivo con el alemán es recuperar el nivel al que llegué en su día (tengo el título de Mittelstufe, que es un B2) y seguir adelante hasta terminar el Oberstufe. Para los de fuera del gremio, eso quiere decir que hoy aún puedo leer libros como Momo, de Michael Ende, pero me cuesta mucho La Historia Interminable (con todo el vocabulario fantástico que no tengo). Para decir la verdad, no sé por qué me gusta el alemán, pero me gusta.

    Mi nivel de griego da para hacer la compra, pedir en un restaurante, cantar algunas canciones, y mandar algún Whatsapp cariñoso que diga cosas «vamos a comer», «besitos»,«nos vemos», «te quiero». Curiosamente, me acuerdo de alguna frase subida de tono, pero no de los insultos. El año pasado estuve repasando con unos podcast en griego. Eran unos 100, pero a partir del 69 cuando estaban hablando del medio ambiente y esas cosas ya no me enteraba de nada. Mi objetivo con el griego es entender el curso entero.

    5. ¿Freelance o en plantilla? ¿Por qué?

    Depende de para qué. En plantilla se entiende que trabajas con más gente, lo que te permite aprender de los demás, por no hablar de que te da más estabilidad económica. Como freelance eres más independiente (¡todo lo independiente que se puede ser!) pero eso también tiene una carga de soledad y aislamiento. Vistas las opciones que hay hoy, creo que asociarse con otros traductores, o estar en un coworking, puede ser una buena opción intermedia.

    6. ¿Qué serías si no fueras traductora?

    Uf, aunque sí tengo la lágrima fácil, soy como la canción de Sabina, La del pirata cojo:

    No soy un fulano
    con la lágrima fácil,
    de esos que se quejan sólo por vicio.
    Si la vida se deja yo le meto mano
    y si no aún me excita mi oficio,
    y como además sale gratis soñar
    y no creo en la reencarnación,
    con un poco de imaginación
    partiré de viaje enseguida
    a vivir otras vidas,
    a probarme otros nombres,
    a colarme en el traje y la piel
    de todos los hombres
    que nunca seré:

    • Yo de pequeña quería ser publicista, porque lo que más me gustaba era dibujar y el inglés, y me imaginaba que tendría que ver con ambas cosas. Hoy traduzco cosas de marketing, y cuando me cuelo en la agencia de unos amigos, me lo paso pipa.
    • Cuando terminé Traducción quise estudiar Bellas Artes, pero mi madre me dijo que esa carrera me la tendría que pagar yo, y hasta hoy he podido hacer cursos y pintar mis cosas pero no he tenido fondos (esto es, simultáneamente tiempo y dinero) para hacerlo. Luego, los que la han hecho me han dicho que si quiero pintar pinte, y listo. Fui muy feliz haciendo el curso de Cómic que hay en Bellas Artes en la Universidad de Murcia, y estoy pintando bastante últimamente (más sobre eso en breve).
    • Viendo mi entorno, si no fuera traductora sería profesora (como mi pareja, mi suegros, mis padres, mis tíos) de universidad. Los meses que pasé como profesora me dieron alegrías que, la verdad, no me esperaba. Llevaba muchos años viendo la cara fea de la docencia muy de cerca. Queridos ex-alumnos (sobre todo, chicas, pero los pocos chicos también): fue un auténtico honor conoceros e intentar enseñaros lo que sé. Aprendí mucho con vosotros, me lo pasé genial, y me llenasteis de energía y ganas de vivir. Estoy muy orgullosa de vosotros y os quiero un montón. ¡Escribidme y decidme cómo os va! ¿Volvería a dar clase de interpretación? Sin dudarlo.
    • EscritoraSiempre he escrito. De hecho gané un premio de poesía (aquí una poesía reciente) y otro de relatos (aquí un relato) cuando era pequeña, y cuanto más me atrevo a publicar en este blog, más me gusta. ¿Quizá soy escritora ya?
    • Aunque como todo ex patito feo gafotas, yo lo que preferiría es ser estrella del rock.
    • Quién sabe, quizá acabe tocando el ukelele en un cabaret.

    La vida está llena de sorpresas.

    7. ¿Cuál es tu especialidad y por qué la elegiste?

    Mi especialidad más especial es la interpretación, y supongo que la elegí porque me vuelve loca hacer que la gente se comprenda en tiempo real. Aunque también soy muy feliz en las actividades más solitarias (traducir, escribir, pintar), necesito el contacto con la gente en mi vida diaria.

    Dentro de eso, me he especializado en aplicar la tecnología al mundo de la traducción (suena a humo, ¿eh?), y en traducir todo lo que tenga que ver con internet, páginas web, servidores, HTML, CSS… (clicking… double clicking).

    8. ¿En qué otras ramas te hubiera gustado especializarte?

    Creo que por todo lo que he dicho antes, no es tarde para especializarme en nada aún. Ciertamente me gustaría traducir más libros, ya sea sobre empresa, tecnología, o de rollo más etepiano.

    9. La traducción: ¿un gremio competitivo o solidario?

    Creo que la traducción tiene muy poco de gremio, precisamente por ser la mayor parte autónomos en su casa. Pero sin duda es un colectivo en el que ambas situaciones se dan todos los días. Puedes estar compitiendo con alguien por un encargo, y luego que te pregunte una duda de un término y se la respondes sin ningún problema. Hay mucha comunicación entre traductores, cada vez más y más profunda. Hay muchas asociaciones haciendo un trabajo muy valioso, por todos, a cambio del placer de contribuir. Es una de las cosas que hace bonita esta profesión.

    10. ¿Crees que el traductor sigue siendo una figura invisible, o hemos mejorado en ese aspecto?

    Uno de los lemas que tenía al empezar Matiz fue hacer más visible y respetada la figura del traductor. Creo que los traductores son cada vez más visibles y más apreciados. Cuanto más orgullo desarrolle la gente respecto a su profesión, más visibles seremos. Estamos mejorando, sin duda, pero también queda mucho trabajo por hacer. ¡Firmad vuestras traducciones!

    11. El mejor consejo que te hayan dado nunca.

    Encuentra los cuellos de botella, y elimínalos. Me lo dijo @multimaniaco (blog) hace muchos años.

    * También, a todo lo que le eches azúcar, échale un poco de sal.

    ¡Ahora, las de segunda ronda!

    12. ¿Cuándo supiste que querías dedicarte a la traducción?

    Como suele pasar, cuando no lo estaba haciendo, la temporada que trabajé como secre de alta dirección. Me contrataron como intérprete, pero con el tiempo fueron cambiando mis tareas, hasta que no se parecía mucho a lo que yo quería.

    13. ¿Qué idea tenías sobre este mundo antes de adentrarte en él?

    Es curioso, mucho peor de lo que ha sido luego. Es más fácil y acogedor de lo que me esperaba (en algunos ámbitos).

    14. ¿Cuál es tu mejor experiencia relacionada con los idiomas?

    ¿Que no tenga que ver con el trabajo, o que sí? Aparte de dar clase a mis alumnos de la Universidad, y de las últimas interpretaciones en general, tengo especial buen recuerdo de cuando interpreté a JR para el proyecto Los surcos de la ciudad en Cartagena. Fue una experiencia increíble pasar un día juntos hablando con los organizadores de cómo hacer una transformación así en Cartagena, que era además donde yo vivía entonces.

    15. ¿Y la peor?

    La peor, el choke, choke de intentar hablar alemán en Alemania y que no me salieran las palabras, o las veces que lloré en cabina de simultánea de alemán durante la carrera. Al final no me presenté al examen de Interpretación para las Instituciones de la Unión Europea, ni a ninguna asignatura de interpretación de alemán. Me preparé muchísimo (hasta me saltaron de curso en el Goethe Institut), pero no daba el nivel. Si volviera atrás, como dije en el otro post, me habría quedado más tiempo en Alemania.

    16. ¿Qué te hizo elegir tu combinación de lenguas?

    En resumen, yo sé inglés porque mi padre estudió francés en el colegio.

    Cuando él estaba escribiendo la tesis yo era muy pequeña, y él se fue una temporada a Harvard a entrevistar al filósofo sobre el que estaba haciendo su tesis, John Rawls. Hizo un curso acelerado de inglés. Él siempre cuenta la siguiente anécdota, una vez en Boston:

    —So, are you having a good time?

    ¡Ajá! Esa me la sé, pensó mi padre:

    —Half past five!

    Lo pasó fatal. Así que a la vuelta, llegaron a casa las Kids Songs de Nancy Cassidy, el I’m big, big Muzzy, y los Astérix y Tintines en inglés (don’t ask). Por aquel entonces vivía en casa mi tío Juanjo, que había pasado dos años haciendo como que estudiaba Química y saliendo mucho de marcha como rockabilly. Sentó la cabeza cuando se metió a estudiar Filología Inglesa (quién lo iba a decir) y nos daba clases por las tardes a mi hermana y a mí.

    Cuando supe pedir un vaso de agua (lo comprobó el padre de Zuli y Alondra) me dejaron ir a pasar el verano a Broadstairs, Thanet, Kent (Inglaterra), con un curso que había conseguido mi tío (currando) para una empresa que los hacía. Acababa de morirse Kurt Cobain, cosa que me recordaba sin parar la grunge de Collado Villalba con la que compartí habitación. Fue el verano en el que estuvo de moda Cuatro bodas y un funeral. I feel it in my fingers, I feel it in my toes…

    Luego hicimos un par de intercambios en el instituto con Portsmouth High School for Girls (Wikipedia), en los que hice de «intérprete» en muchas ocasiones. Fue una de esas experiencias que te cambian la vida, de muchas maneras.

    Y el resto, dice el tópico, es historia…

    17. ¿Qué proyectos tienes en mente?

    Ahora mismo tengo…

    • Dos hijos a los que les faltan 11 y 16 años para ser mayores de edad
    • matiz.com.es, que tiene varios proyectos en marcha que tengo que atender
    • júramelo.es, que necesita algunos arreglos de velocidad, estabilidad y posicionamiento
    • 1 cuadro que terminaré antes del jueves
    • 1 relato que quiero terminar este fin de semana
    • 5-10 ideas de películas
    • Unas 30.000 palabras por editar, de relatos míos
    • 1 canción a medio grabar con el ukelele
    • 1 travesía que quizá nade este verano
    • 3 cuentas bancarias que quiero cerrar porque no las uso y me fríen a comisiones (¡no es broma, lleva mucho trabajo!)
    • 1 verano que pasaré en Barcelona y para el cual aún no tenemos elegido piso, ni guardería, ni cole de verano, ni coworking.

    18. ¿Qué haces para desconectar del trabajo?

    Para desconectar de verdad, irme de viaje, o a algún sitio sin cobertura o debajo del agua.

    19. Si no hubieses sido traductora, ¿a qué te habrías dedicado?

    ¡Pregunta repe! Véase el punto 6.

    20. Cuéntanos 3 manías que tengas.

    1. Keys, money, phone. Soy muy despistada, y desde que me fui de casa de mis padres antes de salir por la puerta toco físicamente las llaves, la cartera y el móvil. Y si no lo hago, me dejo algo, así que intento hacerlo siempre.
    2. No tirar casi nada. Lucho mucho contra esto. Me cuesta mucho mirar algo y decir esto no va a servir para nada, nunca. Intento volverme más minimalista y considerar otras opciones para tener menos cosas (no comprar, regalar, reutilizar, reciclar, y sí, tirar).
    3. Ponerle mi nombre, la ciudad y la fecha a los libros que me compro. Esto lo hacía más cuando aprovechaba los viajes para comprar libros, ahora con el Kindle los compro sin salir de la cama y no tiene tanta gracia.

    21. Un sueño por cumplir.

    Cantar con público.

    22. ¿Te entretienes viendo fotos de gatitos y perritos?

    No.

    Tuve perro de pequeña, en el campo, y me lo robaron dos veces. Nunca tendría un perro en un piso (el olor, los pelos), y no me atrae ver fotos de los perros de los demás.

    Confesión: no me gustan nada los gatos (ahora va y se hunde internet). Me da mucho asco la gente que los besa. Me aburren los vídeos y fotos de gatitos. Los gatos son traicioneros, son como un tigre pequeñito. El único gato en el que he confiado es en el de mi amiga Benita, no sé por qué.

    Me toca preguntar a mí…

    1. ¿Cómo te llevas con tu familia?
    2. ¿Quién ha sido la persona que más ha influido en tu vida?
    3. ¿De qué cosa que has hecho te sientes más orgulloso?
    4. ¿Qué objeto físico que tienes es tu favorito?
    5. ¿Qúe experiencia pasada te ha hecho cambiar más?
    6. ¿Qué cosa que (puede) suceder en el futuro tienes más ganas de que pase?
    7. ¿Qué cosa, hasta hoy, te daba mucho miedo y la superaste?
    8. ¿Cuál es tu mayor miedo hoy?
    9. ¿Cuál es tu mayor reto hoy?
    10. ¿En qué piensas cuando algo te va mal y quieres animarte?
    11. ¿Quién es tu ídolo, quién te inspira?

    A ver, a quién pregunto… (si responden, enlazaré aquí al artículo en cuestión):

    1. De vuelta a Iris Permuy, @IriscPermuy — Sus respuestas: http://traducarte.wordpress.com/2013/05/18/one-lovely-blog-award-update/
    2. De vuelta a Elena Nevado, @midintrans.  — Sus respuestas: http://midnightintranslation.com/2013/05/16/one-lovely-blog-award/
    3. @minimaiko, pero no sé si colará.
    4.  @multimaniaco
    5. Valeria Aliperta, @rainylondon
    6. Ángel Domínguez, @angeldominguez
    7. Miguel Vagalume, @miguelvagalume
    8. Scheherezade Suriá, @scheherezade_sl
    9. André Höchemer, Alemol
    10. Pablo Muñoz, @pmstrad
    11. @azoteortografico

    Si alguien más quiere jugar, que lo diga en los comentarios. Si respondes, puedes preguntar a 11 más.

    Aquí la imagen de nuevo, enlazada a la versión grande:

    beso-atrevido-verdad

    ¿Qué, jugáis conmigo?

  • ¡Cuenta ya el viaje a Nicaragua! o Nicaragua: con tus propios ojos (II)

    ¡Cuenta ya el viaje a Nicaragua! o Nicaragua: con tus propios ojos (II)

    Madre mía, está siendo difícil encontrar el tiempo para contarlo, sobre todo por algo que sucedió durante el viaje, pero en Murcia.

    Echar a andar de nuevo

    Mi hijo pequeño se rompió una pierna, a lo Kobe Bryant. Se resbaló con un juguete. Volví, acabaron las vacaciones y no podíamos llevarlo a la guardería con la pierna escayolada. Hicimos turnos para quedarnos con él en casa. Y es un poco caos, porque yo contaba con acelerar y currar más horas de lo habitual a la vuelta, y en vez de eso, pasó justo lo contrario. Este lunes por fin le quitaron la escayola. Aunque está cojito y aún no anda, está un poco mejor.

    No pensé que tendría que enseñarle a andar por segunda vez, pero aquí estamos, pasito a pasito de nuevo. Y pasito a pasito os cuento cómo fue el viaje a Nicaragua, desde donde lo dejamos.

    ¿Por dónde iba?

    Esta soy yo en junio de 1981, en Nicaragua.
    Ommmmm….
    Esta soy yo en junio de 1981, en Nicaragua.

    Y vuelvo a ese lugar del que salí cuando yo aún no sabía andar… vamos llegando a Managua.

    Viaje a Nicaragua de @minibego #soynica

    Una visión de Managua: Roberto Sáenz

    Llegamos al hotel después de pasar por una Managua muy diferente de la que recordaban mis padres: me recuerda a las afueras de Monterrey (México). Solo que no se acaba de llegar nunca al centro (no lo hay). Sí que hay centros comerciales y algunos edificios de cristal.

    Aquí el edificio de la compañía de seguros Pellas, leído pelas, muy apropiado nombre
    Aquí el edificio de la compañía de seguros Pellas, leído pelas, muy apropiado nombre

    Finalmente, y después de pelearnos con varios taxistas muy agresivos, llegamos al hotel pagando una cantidad razonable, eso sí, en un taxi bastante cochambroso. Por lo menos no tenía el cristal roto ni estaba borracho el conductor, como el que llevó a mi madre al hospital ese 2 de mayo de 1981, hoy hace 32 años.

    El hotel está bien, tiene aire acondicionado y wi-fi. De repente, me hace ilusión sacar el Foursquare, y al hacer check-in me entero que estamos a 8.530km de casa (5300 millas), aproximadamente una quinta parte de la circunferencia de la Tierra. Ni tan lejos, oiga.

    Más de ocho mil kilómetros

    Esa tarde quedamos con Roberto Sáenz, que fue viceministro de Educación de Adultos, que fue el director técnico de la Cruzada Nacional de Alfabetización, el tiempo que mis padres estuvieron allí.

    Viaje a Nicaragua de @minibego #soynica

    Nos lleva a  ver los monumentos del centro, que yo sólo había visto cubiertos de manifestantes.

    Viaje a Nicaragua de @minibego #soynica

    Vamos al puerto Salvador Allende, un agradable malecón construido para pasear junto al lago (se cobra entrada, y la seguridad es potente y visible):

    Viaje a Nicaragua de @minibego #soynica

    En el puerto Salvador Allende, tomo mi primera Toña y mi primer plato combinado nica:

    Viaje a Nicaragua de @minibego #soynica
    Vocabulario viajero: en Nicaragua, «agarrar una Toña» significa emborracharse.
    Viaje a Nicaragua de @minibego #soynica
    Comida nica: gallo pinto, col, salchichas, muslos de pollo fritos, plátano frito, chips de plátano frito, queso a la plancha, alitas de pollo fritas, cortezas de cerdo fritas…

    Sáenz nos cuenta alegrías y desdichas de la revolución:

    Empezar una revolución es fácil, porque hay que destruir. La gente habla de la revolución como algo bonito, pero es un desastre. Es fea. Y la parte de destruir es fácil, pero luego llega lo difícil. ¿Construir? ¿qué y cómo? ¿quién había hecho esto antes? Nadie. ¿Cómo lo íbamos a hacer? Ni idea. Pero lo íbamos a hacer.

    Queríamos mandar a todos estos a alfabetizar a la selva, pero no los vas a mandar al monte sin botas ¿no? Y aquí no teníamos industria, apenas las guillotinas para cortar el papel higiénico al tamaño que usamos. Así que agarramos a [no recuerdo el nombre que dijo], le dimos cincuenta mil dólares y lo mandamos a Holanda: «tráete botas».

    Llegaron las botas y las metimos a un almacén. Cuando se iba la gente se las íbamos dando: al rato nos dimos cuenta de que estábamos dando dos del mismo pie, o de tallas que no eran. Imagínense, botas del ejército holandés, hechas para esos señores tan altos, eran unas botas enormes que no le valían a nadie. Y así, con todo…

    Así nos hablaba Roberto Sáenz, sin dejar títere con cabeza en ningún bando.

    Viaje a Nicaragua de @minibego #soynica
    No me lo podía creer. ¡Lo había conseguido! Allí estábamos, y Roberto Sáenz nos contaba cosas MUY interesantes.

     

    Y es que en Nicaragua todo está polarizado, pero todo el mundo es familia, de una manera o de otra. (Esto mismo puede leerse en este libro de su primo Adolfo Miranda Sáenz, que me apunto a mi lista de pendientes). Sí se le encendían los ojos recordando su casa natal en Granada, en la calle de la Calzada, que es hoy el precioso Hotel Darío.

    Nosotras no comprendíamos qué le fascinaba tanto de esa casa, hasta que la vimos.

    (Continuará…)

  • Nicaragua: con tus propios ojos (I)

    Por fin he visto Nicaragua con mis propios ojos. No solo en fotos, no solo en las historias de mis padres, de mi tío Fernando, de Ángel, de Jesús.

    El primer día se me rompió la cámara de fotos. Sigue sin funcionar. La parte buena es que venía mi hermana, que no sólo tiene una réflex buena, sino que es buena fotógrafa. Su relato del viaje y sus fantásticas fotos están en este artículo de su blog, Espe por el mundo: Nicaragua.

    Pero más allá del paisaje físico, lo que tengo que agradecer infinitamente es haber conocido a nicas que me han enseñado Nicaragua. No sólo para que la vea con mis propios ojos, sino para poder verla también a través de los suyos.

    Nicaragua, quiero verte con tus propios ojos.

    La más breve reseña histórica

    De la Wikipedia, que no se diga:

    Habitado por pueblos precolombinos,(…) conquistado por España en el siglo XVI. (…)  independiente en 1838 (…). Tras décadas de intervención y fuerte influencia extranjera, mediante la Revolución Nicaragüense, se instauró una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional 1979 – 1985  (…) En 1984 se realizan las primeras elecciones (…) nuevo Presidente elegido: Daniel Ortega Saavedra. (…) Durante el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional el país sufrió un largo conflicto civil con intervención de los Estados Unidos de América a través de su Presidente Ronald Reagan, financiando la guerra sin autorización, llegando a bloquear económicamente (…) Los conflictos económicos y de Guerra culminaron en 1990, al mismo tiempo que el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional presidido por Daniel Ortega Saavedra perdió el poder en elecciones populares.

    Ése era el momento de la verdad. Perdió las elecciones y ¿cedió el poder? Pues sí. Gana Violeta Chamorro, se acaban los problemas con EEUU y se pueden centrar en los suyos propios: pobreza, inflación, corrupción (al saqueo de los sandinistas que se iban lo llamaron la piñata) y al reducir el ejército, desempleo. Sobre todo, y reconstrucción del país después de ¿ochenta? años de guerra, por unas cosas o por otras. Privatizan todo (¡sorpresa!). Pasan Arnoldo Alemán, el Huracán Mitch y Enrique Bolaños, cada uno con sus destrozos, y vuelve a ganar Daniel Ortega en el 2008, 17 años despuésEsta vez sabe que tiene que contar con la iglesia católica, y hace cosas como penalizar el aborto (hasta el que salvaría la vida de la madre: ya escribí sobre eso estando embarazada). Ahora es cuando parece que no se quiere despegar de su sillón…

    Antes, Teresa Cárdenas. En el avión, Salman Rushdie

    No me encontré a Salman Rushdie en el avión, pero descubrí y leí su libro La sonrisa del jaguar, que es un diario de viaje por la Nicaragua de 1987. Ya en casa me había terminado el de  Teresa  Memorias de un viaje inolvidable  (artículo en La Opinión. Consíguelo aquí [más caro aquí]). Son dos visiones muy diferentes, separadas por diecisiete años y toda una clase social. Rushdie entrevista a los sandinistas en el poder. Teresa convive con las comunidades de base con proyectos activos.

    Se le echa en cara a Rushdie que es benévolo con los sandinistas. Está claro que está entusiasmado con la revolución, y él mismo dice en el libro que para él es nuevo no estar en la oposición directa al gobierno de ningún sitio. Sin embargo, le horroriza el cierre del periódico La Prensa (el diario de la que luego sería presidenta Violeta Chamorro), y le pregunta al ministro de cultura, Ernesto Cardenal, si van a repetir los errores de la revolución cubana, a lo que él contesta, no, ¿qué errores?:

    (…)  I took a deep breath and mentioned, er, for example, human rights abuses? Political prisoners, torture, attacks on homosexuals, on, um, writers? ‘What attacks?’  (…) it was like hitting a wall. When I left the Ministry of Culture I noticed that the Nicaraguan fondness for naming their ministries acronymically had created, in this instance, an unfortunately Orwellian resonance. Cardenal, chief of MINICULT. I went away feeling depressed.

    (…) (mi traducción) Respiré profundamente y dije, eh, por ejemplo ¿abusos a los derechos humanos? ¿Prisioneros políticos, tortura, ataques a homosexuales, a, estee, escritores? «¿Qué ataques?» (…) era como darse cabezazos contra una pared. Cuando salí del Ministerio de Cultura me di cuenta de que la pasión nica por nombrar los ministerios con acrónimos había creado en este caso un eco a lo Orwell. Cardenal, jefe del MINICULT. Me fui sintiéndome deprimido.


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    Mochilera

    Al llegar al aeropuerto de San José de Costa Rica, busco en la cinta de equipajes la mochila de los Scouts que me ha prestado mi hermano pequeño. Cuando sale, oigo a una señora española susurrarle a su pareja: mochileros… Y así, sin más, con una mochila prestada y medio vacía, los susurros pasan de la mamá que es empresaria, sale en el periódico en el colegio de mi hija la semana anterior, a una mochilera por la jungla.

    Qué cosas.

    Taxis, autobuses y cuadras

    De donde fue…

    En Centroamérica no se lleva lo de las direcciones clásicas. Aunque hay nombres de las calles, como las ciudades suelen tener planta española (es decir, en cuadrícula), hay avenidas numeradas (en una dirección) y calles numeradas (en otra). Una manzana es cuadrada y tiene 100m de lado (mejor dicho, 100 varas: pero para esto digamos que da igual). Para dar una dirección, escoges un punto de referencia y dices, por ejemplo, tantos metros al norte, tantos al este. Y vas contando cuadras.

    El problema surge cuando los puntos de referencia famosos ya no están ahí: de donde estuvo la Verónica, dos al norte. ¿Y dónde estuvo? A saber. Ahora imaginaos que en 1972, en Managua, un terremoto destruye todos los edificios de más de un piso de la ciudad, excepto el banco de América y las paredes de fuera de la catedral. De donde fue…

    Para San José de Costa Rica, Chepe como lo llaman aquí, yo me había apuntado la dirección de mi hermana con todo detalle. Pero bastó con decirle al taxista el nombre de su casera. En una ciudad de 1,4 millones de habitantes.

    3:45h – ¿Un taxi? ¿Ahora?

    Llego a casa de mi hermana por la tarde. Nos vamos a dormir temprano, y a las 3:45 y ya duchadas, mi hermana Espe llama a un taxi por Skype. Aquí no hay central de taxis: tienes que conocer a alguien. Suena dormido (¡normal!), y le dice que no le merece la pena levantarse para venir a buscarnos. Es verdad que estamos cerca, pero llevamos equipaje y es muy de noche. En la calle encontramos otro, que nos cobra el triple de lo que vale la carrera (incluso después de regatear). Yo  me acuerdo de Júramelo, y pienso: para esto valen las centrales. Porque o eres de un sitio y conoces a alguien que sea bueno y honrado, o el que encuentras de chiripa te tima.

    Viaje a Nicaragua #soynica
    Esperando el autobús: en la pared «Yo soy tú y tú soy yo» Religión Maya (sigue en la pared de al lado: «… que todos sean uno…» Juan 17,21. En su momento no me fijé en la publicidad de Nueva Acrópolis (¡!), estaba emocionada con estar ya más cerca de Nicaragua.

    5:00 am – A Managua en autobús

    Cuando mis padres fueron a Nicaragua la primera vez, les preguntó un estadounidense:

    -¿Y ustedes, de dónde son?

    -De Cartagena, España- respondieron ellos.

    -Ah, muy bien. ¿Y en qué autobús llegaron?

    -¡!

    Esta vez mi hermana y yo tendríamos una respuesta: en el autobús de TransNica.

    Bus a Managua

    Este bus tardará más en llegar a Managua de lo que tardó el vuelo Madrid-San José: más de diez horas para 435km.

    Ver mapa más grande

    El accidente y el sabio consejo de la anciana nica

    Cuando después de una hora en la frontera pasamos el puesto de Peñas Blancas, arrancamos y suena (no miento) Born to be alive. Es un momento emocionante.

    Pero la canción que le sigue probará de nuevo su poder destructivo: es Boys, Boys, Boys, de Sabrina.

    En el momento cumbre, el asiento de delante se rompe, cede y me cae encima.

    No duele, y aprovecho mi experiencia en sentadilla en máquina para, empujando con los pies y con la ayuda de los de delante, ponerlo de nuevo en su sitio. Pero durante las siguientes tres horas se irá deslizando de nuevo poco a poco, comprimiéndome en el asiento. Por lo menos a Johann, el niño que viaja encima de su madre a mi lado, no le ha pasado nada. En el pasillo hay personal de TransNica, que viaja de pie junto con otros pasajeros, así que aunque se baja gente en algunas paradas, no redistribuyen a nadie hasta que casi hemos llegado.

    Al otro lado del pasillo viaja una anciana nica con su nieta de cinco años. Es una señora tostada por el sol, arrugadita, con una cinta en el pelo. Al ver la rotura, se lamenta con la cabeza, como murmurando ya llegamos a Nicaragua. Finalmente se dirige a la chica que estaba sentada en el asiento en cuestión:
    –Yo le hacía una foto y la subía al Facebook.
    Conversan.
    –Sí sí sí, que le devuelvan, lo menos, la mitad del billete.

    El asiento roto / Viaje a Nicaragua #soynica

    Aire, móviles y polarización

    Voy como bebiendo cada detalle del paisaje. Pasamos por la ribera del lado Nicaragua. La orilla de la Panamericana tiene muchos restaurantes, hoteles y granjas eólicas. Se ven muchas antenas de telefonía.

    Más tarde nos contará McCrary de que en Nicaragua todo se polariza:

    • liberales contra conservadores,
    • sandinistas y contras.
    • Por las pintadas en muros, carteles y afiliaciones personales, ahora pareciera que los nicas se dividen entre los del Claro y los de Movistar, las dos principales operadoras de telefonía.

    Claro solía ser estatal. Ahora es mixta.

    La carretera cada vez está mejor según nos acercamos a Granada. Parece que los nicas le dan mucha más importancia al transporte terrestre que los ticos (una herencia de tiempos del ejército, nos dirá más tarde Krushenka). Sin embargo, el aire acondicionado se rompe a las dos de la tarde. La parte buena es que nos dejan abrir las ventanas, con lo que mis fotos ya no tienen el filtro glamuroso de la mugre del cristal y mi hermana ya no tiene que ir junto a la puerta del baño y sin ventilación potente.

    En la carretera de granada a Masaya y Managua hay muchos bares. Uno de ellos tiene unos enormes escudos del Barça y del Real Madrid: LIGA ESPAÑOLA / CLÁSICOS, dice. En este viaje vamos a ver a muchos nicas con camisetas de Messi. Soy incapaz de deciros si son de esta temporada o no.

     

     

    Ahora mismo salgo para el aeropuerto, a la parte San José de Costa Rica-> Madrid.

    Continuará…

  • Soy nica de Nicaragua y este mes vuelvo ¿te vienes?

    Soy nica de Nicaragua y este mes vuelvo ¿te vienes?

    Screen Shot 2013-03-09 at 4.18.02 PM

    Cabalgando, remando, caminando, los brigadistas de la alfabetización penetran las más escondidas comarcas de Nicaragua. A la luz del candil, enseñan a manejar el lápiz a quien no sabe, para que nunca más lo engañen los que se pasan de vivos.
    Mientras enseñan, los brigadistas comparten la poca comida, se agachan en el acarreo y la deshierba, se pelan las manos hachando leña y pasan la noche tendidos en el suelo, aplaudiendo mosquitos. Descubren miel silvestre dentro de los árboles y dentro de las gentes leyendas y coplas y perdidas sabidurías; poquito a poco van conociendo los secretos lenguajes de las hierbas que alegran sabores y curan dolencias y mordeduras de serpientes. Enseñando, los brigadistas aprenden toda la maldición y la maravilla de este país, su país, habitado por sobrevivientes: en Nicaragua, quien no se muere de hambre o peste o tiro, se muere de risa.

    Eduardo Galeano, 1980: En toda Nicaragua: Descubriendo

    Aprendí a hablar muy pronto.

    —¿Cuántos años tienes ya, Bego?

    —Tres.

    —¿Y de dónde eres?

    —Yo soy nica de Nicaragua.

    —¿Y tú sabes eso dónde está?

    —Está en América Central.

    La gente de la familia se partía de risa al oírmelo decir. Durante años y años he escrito en todo tipo de formularios:

    Lugar de nacimiento: Managua (Nicaragua).

    Es un dato anecdótico que no sirve absolutamente para nada, pero queda mejor que preguntar OLA KE ASE ES DE AKI O K ASE ¿tienes derecho a estar aquí?

    Se cumplen 33 años de la razón que llevó a mi madre y a mi padre a Nicaragua. Y 32 de la razón de que volvieran. Yo. Y el calor. En parte. Supongo.

    Internacionalistas Emilio Martínez y Carmen Pagán
    La chica no soy yo, es mi madre en 1980. La respuesta corta que suelo dar es: fueron como cooperantes internacionales en un programa de alfabetización de adultos. Se volvieron porque nací yo, les cumplía el contrato y hacía mucho calor.

    Llevo toda la vida respondiendo a esa pregunta, sin saber la respuesta. ¿Cómo habría sido mi vida si se hubieran quedado?

    ¿Cuándo iba a volver?

    Screen Shot 2013-03-09 at 4.15.00 PM

    Tenía tiempo y era menor de edad, me dije: iré con mi primer sueldo.

    Fui mayor de edad y no tenía dinero para ir.

    Conseguí un trabajo y no tenía vacaciones.

    Nació mi hija.

    Monté mi empresa.

    Nos mudamos.

    Nació mi hijo.

    Monté mi otra empresa.

    Basta ya.

    Ahora soy madre, autónoma y no tengo tiempo ni dinero, pero voy a ir.

    «Gastando menos, ahorrando recursos y aumentando la producción, consolidamos la Revolución» —sin saberlo, consolidando la Revolución, fíjate tú.
    «Gastando menos, ahorrando recursos y aumentando la producción, consolidamos la Revolución» —sin saberlo, consolidando la Revolución, fíjate tú,  y ahora gastando… euh. Abajo: «spending, saving, working, fighting, leading, voting» (gastar, ahorrar, trabajar, luchar, liderar, votar).


    Ya me he comprado los billetes, para mí sola porque Pablo prefiere quedarse con los niños a venirse (¿? Gracias por la parte de quedarte con los peques). Mis padres no quieren volver, mi tío Fernando no es aconsejable que vuelva (dice la familia que le puede dar un patatús si ve en qué queda su sueño de juventud). Mi suegro ya ha ido.

     Teresa, la tía de Pablo,  incluso escribió  Memorias de un viaje inolvidable con su experiencia. Lo siento, Teresa, yo me estoy leyendo ahora. Más vale tarde que nunca. Recomiendo leer este artículo en La Opinión. El libro se puede conseguir aquí [y bastante más caro aquí]).

    Ahora voy yo

    El lunes 25 de marzo a las 11 de la mañana salgo de Madrid. Llegaré por la tarde a San José de Costa Rica, que es ahora donde vive mi hermana (gracias, hermana, por esta excusa fantástica).

    A esa misma hora del día 2 de abril miento, saldré el día 3 (casualmente, mi aniversario —nota mental: mi anillo sigue sin aparecer—) de vuelta hacia Madrid, y llegaré al día siguiente día 4 de abril a las 11.

    Y mientras tanto, iré a Nicaragua. A…

    ¿A dónde voy?

    Buena pregunta. Yo sola (bueno, con mi hermana), ¿a dónde voy?

    Quiero ver el hospital en el que nací, Fernando Vélez Páiz (aquí la experiencia de un chico que lo visitó en el 2008, en inglés), y la casa en la que viví mis primeros dos meses. La famosa casa de la que mi madre «sacaba a escobazos arañas del tamaño de una mano». También los lugares que pudieron visitar mis padres durante la famosa cruzada, que recibió un premio de la UNESCO (aquí el Informe de la Unesco sobre toda la operación (en inglés).

    Se mezclan dos factores en mi visita a Nicaragua: conocer la Nicaragua que fue, cuando yo nací, y conocer la Nicaragua de hoy.

    La Nicaragua, Nicaragüita de Carlos Mejía Godoy:

    Yo era muy fan de pequeña: tengo una foto con él y los de la Palacagüina. La música era de lo poco que comprendía de Nicaragua. Ahora tendrá 70 años, dice la Wikipedia. Y que se presentó a las elecciones en 2006 como vicepresidente, con un partido llamado Movimiento de Renovación Sandinista, que tenía como lemas de campaña: «Yo soy el feo, señores. El feo que quiere una Nicaragua linda» y «Feo sí, pero no ladrón».
    Y la Nicaragua del Cristo de Palacagüina:

     

    Y la Nicaragua de la mujer hermosa del terrateniente, sin ir más lejos, véase Natassja Bolívar (Wikipedia — Miss Nicaragua 2013). Ojo con el sonido que es el Ai Eu Se Te Pego:

    Y la Nicaragua del día de la mujer en Managua. Foto de esta semana pasada:

     

    Marcha en Managua por el día de la mujer
    Marcha en Managua esta semana por el día de la mujer, foto de este artículo de El Nuevo Diario. Los carteles van firmados por Católicas por el Derecho a Decidir. Defienden: sí al aborto terapéutico, a la separación de Iglesia y Estado, y… «Jesús vivió con 12 hombres y nunca tuvo hijos… Donde hay amor… hay familia».

    Para vuestra tranquilidad, evitaré las zonas más peligrosas. Probablemente.

     Pues eso, que voy a Nicaragua ¿quién se viene?

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    Lo digo completamente en serio, el que quiera venir, o presentarme a alguien que esté allí, o contarme su experiencia, que me lo diga con este formulario, o deje un comentario abajo del todo:

     

    Sobre las ilustraciones

    Screen Shot 2013-03-09 at 4.13.51 PM

    Una de las cosas que se echaba en cara a la cruzada de alfabetización es que era también una campaña de formación política pro FSLN. Es bastante natural que les saliera así, puesto que la iniciativa comenzó con el «y también enséñenles a leer». Aplicando aquello de que la pluma es más fuerte que el AK-47.

    A veces, y según cuáles.

    Screen Shot 2013-03-09 at 4.22.12 PM

    Las imágenes de este artículo las he sacado de los cuadernillos de alfabetización son de la web SandinoVive.org. Los ejemplos que he elegido no son los más llamativos en absoluto. Hay cuadernillos en castellano, inglés, miskito y sumo:

    Screen Shot 2013-03-09 at 4.14.39 PM Screen Shot 2013-03-09 at 4.19.15 PM
    Screen Shot 2013-03-09 at 4.13.51 PM Screen Shot 2013-03-09 at 4.20.36 PM

     

     

     

  • Estoy de vacaciones

    Estoy de vacaciones

    Estoy oficialmente de vacaciones desde hace 5 minutos.

    San Agosto.

    No durará mucho, pero ahí está.
    No new mail!

    No sé si escribiré. O si publicaré lo que escriba. Sé que leeré mucho, que dibujaré, y pasaré largas horas lejos de pantallas. Incluso me llevo libros en papel.

    Volveré con las pilas recargadas, eso seguro. ¡Mandadme una postal! O dejad un comentario…

  • Viaje a Silicon Valley (I)

    Poco a poco puedo ir publicando las fotos del viaje a Silicon Valley con los Yuzz: las estoy poniendo en este enlace de aquí.

    ¿Qué es Silicon Valley? Es un área de 60km2, del tamaño del Campo de Cartagena, probablemente, en la que se invierte cada año una cantidad de dinero equivalente a todas las hipotecas de España. Imaginaos que cada año todas las personas e instituciones que tienen una hipoteca en España cogieran ese dinero, lo volvieran a pedir prestado y lo invirtieran en esa zona. ¿Qué tipo de cosas serían posibles? La respuesta está clara: sería posible HP; sería posible Google, sería posible Facebook y Twitter. También serían brevemente posibles todos los proyectos de los que no sabemos nada y todos los fallos.

    ¿Qué es lo que hemos visto? Hemos visto:

    • RocketSpace, un espacio de coworking muy flexible, famoso por sus jueves de networking.
      • Dentro de RocketSpace está el SpainTechCenter, una iniciativa para llevar startups españolas al Valle.
    • Ideo, una empresa que se dedica a tener ideas. Lo que más me gustó fue la historia del diseño de una vacuna sin agujas, que implica que los diseñadores se pasaron días con la piel hecha trizas de probar distintas tiras abrasivas (=papel de lija).
    • Catapult Design también diseña y tiene ideas, pero las aplica a comunidades desfavorecidas para acabar con la pobreza.  Ellos me presentaron a sus vecinos de coworking BlueEnergy (¡de esto es de lo que va Silicon Valley!). A mí me interesaban porque se dedican a hacer proyectos de acceso a agua potable y energía (molinos de viento que hacen funcionar potabilizadoras) en Bluefields, Nicaragua. Desde entonces, Juan Antonio y María José, dos de los becarios de Matiz, les están echando una mano como voluntarios en la traducción de su web.
    • Innovalley, una empresa de complementos textiles inteligentes y sus vecinos de espacio de oficina y nuestros sherpas StepOne, una consultora para empresas españolas que quieran instalarse en el Valle.
    • Google. No os enlazo a Google, lo sabréis encontrar. 😉
    • Stanford University. Os enlazo a la historia, más que a la portada de la Universidad de Stanford, porque es muy interesante.

    Empiezo hoy (para animarme a mí misma) una serie de posts contando mi experiencia en el viaje, sobre todo como auto-recordatorio.

    Actualización 15 enero 2012: comentarios y enlaces.

  • Vamos a traernos Silicon Valley a Murcia

    Vamos a traernos Silicon Valley a Murcia

    Nací en el Caribe, crecí en el Mediterráneo, y quiero ver qué me depara California.

    Quedan cinco días para comenzar el viaje hacia Silicon Valley. Es un viaje que realmente empezó hace unos meses, cuando nos admitieron al programa Yuzz con Júramelo.es, la nueva plataforma de traducción jurada online que llevamos ya dos años cocinando. Pero ahora, estamos en la lista que pone «Proyectos ganadores Edición Yuzz 2011«, tenemos el billete, la reserva en el hotel, y muchos, muchos planes. Por cierto que Júramelo ya tiene blog propio:

    Júramelo.org, el blog de traducción de Júramelo.es

    Ya hemos publicado unos cuantos artículos:

    Dicho así suena muy fácil, como aquello de South Park (paso 1, recoger calzoncillos, paso 2, y paso 3, beneficios). Es un chiste que creo que a los emprendedores nos hace especial gracia, porque el quid de todo lo que hacemos es el paso 2. Leí hace no demasiado que todos los éxitos repentinos, cuando se investigan, resultan ser el fruto de un larguísimo trabajo. ¿Me dejáis que llame a esto éxito? Me hace ilusión… Este éxito, decía, no está siendo fácil ni repentino.

    Vamos a la meca de la tecnología a aprender. Decía Yeray, nada que demostrar, todo por aprender y aunque suena bonito, no es del todo así: vamos para aprender todo lo que podamos, pero también tenemos que demostrar lo que hemos hecho y lo que somos capaces de hacer. Este viaje no es un final, es un principio.

    Como veis en el título nuestros planes malvados van más allá. No queremos irnos a Silicon Valley para no volver. Queremos ir a Silicon Valley para aprender, sí: para averiguar cómo está hecho, para empaparnos del ambiente, métodos, energías (¡capital!) y traérnoslo de vuelta para acá. Los que mejor me conocen saben que siempre he soñado con ir, pero que mi sueño en colores no es tanto irme a San Francisco (a empezar una nueva vida, como decían en Lucky Luke) sino que lo que me gusta de allí esté aquí. Pienso de verdad que España es uno de los mejores lugares del mundo: por la combinación que me ha dejado marcada de carácter, gente, comida y sol. ¿Qué hace falta para que atraigamos a empresas que podrían estar en cualquier parte, y creemos aquí un ecosistema de innovación constante? Vamos a verlo.

    PD: Muchas gracias a Martine por su enhorabuena 🙂 Por cierto que si alguien quiere un tour guiado por Júramelo.es (y puestos a pedir, escribir sobre ello lo que quiera, más halagador o más crítico) que me lo comente, y yo encantada. 😉

    PD II: ¿Acabaré… con ritmo caribeño, paladar Mediterráneo, mente californiana?

    PD III (actualización): ¿O es que he sido siempre así?