Categoría: relatos

  • I want to kiss you before the world ends [dream]

    I want to kiss you before the world ends [dream]

    —Dream—

    I want to kiss you before the world ends. In my dream, the world is ending. Everything is falling apart.

    People try to ignore it, to make the feeling go away: but if you listen, it’s there.

    Suddenly, I think: the world is ending, and I’ve never kissed you. Where are you?

    I run, and run, and run, through streets and offices and libraries, but you are not there. I ask around: have you seen him? Have you seen him? Nobody has. They point me in one direction: it’s the Comic Book Writers’ office, and there’s a party there. Everyone is leaving when I arrive, they are closing the building, they make me go the other way.

    I enter a room, and it’s a surprise party. It’s a party my husband has prepared for me, now, that the world is ending. I look around, and you are not there, and I look at him, and I tell him: This is wonderful, honey, but the world is ending and I’ve never kissed him. I leave and keep looking for you.

    I get to a fancy office, and the walls are black and the people there dress like Steve Jobs. They tell me: thanks for coming to work with us. Can you help? We need your help to do his. I’d try to help, —I say—, but the world is ending and there’s something else I need to do. With that I leave, and I keep looking around, hoping to see your face in the crowd. Already some parts of the library are crumbling, and it’s a pity because it’s a beautiful place, bright and airy with golden light, like Grand Central Station, in New York, in the movies.

    Suddenly I’m in the back seat of a three-door car, and there are two girls in the front seats, so I can’t get away. Will they help me look for you? Will they drive me where you are?

    They won’t drive me anywhere, because they are visibly drunk. In fact, one is drunk and the other one is drunk and high. She’s also wearing a white t-shirt, wet with water. Her right nipple shows very clearly: it’s round and brown and hard, and she wants me to touch her. I look at her and I want to refuse, to run away from their laughter and booze and drugs, but it’s too late, because the world has now ended, and I’ve never kissed you.

    La Manga, 03/08/2011.

    Luna llena sobre el mar (La Manga, Murcia)

  • El instituto que enloquece y el fontanero

    El instituto que enloquece y el fontanero

    Un viernes de octubre.

    En un instituto de un pequeño pueblo en mitad del campo de Cartagena, Murcia, suena el teléfono.

    ¡Ring, ring!

    —Hola, buenos días. Quiero hablar con la directora del centro.

    —Pues soy yo, así que ya puedes empezar a hablar.

    —Le paso con el Subdirector de centros.

    Oh, oh. ¿Llamará por lo de la fontanería?

    El problema de fontanería empezó en el aula-taller de fontanería.

    Como suena. Hubo que llamar a un fontanero, porque un aula de 15 alumnos de fontanería no suma un fontanero entero.

    El patio, primera zanja

    En Murcia llueve poco, así que no se sabe muy bien cuándo comenzó el problema. Solo que un día llovió y no colaba el desagüe del patio que está junto al aula de fontanería.

    —Señora, vamos a tener que serrar la cañería. Esto no se destatasca.

    Al serrarla, el atasco era blanco y sólido: al parecer alguien el año pasado había echado cemento-cola por el sumidero.

    La cantina

    La primera solución al problema parecía ser conectarlo con el desagüe de la cantina, que está al lado. He aquí que al abrir la cantina…

    —Señora, se ve que el desagüe no va a la calle, sino que vuelve dentro, al cuarto de calderas.

    —Ea, vamos a ver.

    El cuarto de calderas

    Por lo menos al llegar al cuarto de calderas no hay  que hacer ninguna zanja más: ya al abrir la puerta se ve brotando cual fuente el agua de los fregadores de la cantina.

    —Bueno, habrá que conectar todo esto con el registro del resto del instituto. ¿Dónde hacemos el agujero, en la sala de profesores?

    —¿No le importa abrir por el departamento de orientación, que hay un registro?

    Departamento de orientación

    Al abrir en el departamento de orientación, se ve que la enorme tubería de desagüe central se había construido sin ningún tipo de soporte. El peso del agua y los atascos han hecho que se caiga. Bajo la sala de profesores hay más de medio metro de agua estancada, oloroso fruto de los cuartos de baño y las duchas del gimnasio.

    —Señora, no sé cómo decírselo, pero ahí abajo no se puede pasar sin equipo antigás especial.

    —Y, um, ¿qué cuesta traer el equipo antigás?

    —Unos cinco mil euros.

    —Pues habrá que pensar otra solución.

    —Podemos coger un martillo neumático y hacer un agujero muy grande en la pared de hormigón de la sala de profesores, eso daría ventilación y podríamos bajar sin equipo especial.

    —Si no hay más remedio.

    Mientras…

    En el aula de fontanería:

    —Digo yo, que cruzar todo el instituto hasta donde están encharcados los cimientos va a ser un poco complicado. ¿Y si hacemos una zanja aquí que vaya directa a la calle?

    En la cantina:

    —¿Y si hiciéramos una puerta de acceso a los cimientos? Por si hubiera que volver por algo.

    —Usted mismo.

    ¡Ring, ring!

    ¿Dónde estábamos? Ah, sí: le paso con el subdirector de centros.

    —Hola, mira, que me acabo de incorporar al puesto y te tenía que decir una cosa. ¿Sabes… las aulas prefabricadas que tenéis?

    —Sí, tenemos cuatro.

    —Pues hoy vence el alquiler y el lunes van a ir a desmontarlas.

    —¿Qué?

    —Así que tenéis que vaciarlas hoy de todo lo que haya dentro para que se las puedan llevar. Tardarán un par de días en desmontarlas. Luego la nueva empresa, la que ha ganado la licitación nueva, tardará un par de días en montar las suyas.

    —¿Y qué quieres que hagamos con los alumnos?

    No los podéis mandar a casa.

    —Ah. Haré lo que pueda con lo que me dais. No sé si va a ser posible, porque ya tengo otra aula inutilizada por… un problema de fontanería. Del que te informaremos cuando esté resuelto.

    —Pues como eres muy eficiente y muy eficaz, seguro que lo arreglas todo.

    —…

     

  • Epílogo a «La Vaca»

    Epílogo a «La Vaca»

    Parece que, sin querer, escribí un relato autobiográfico de terror y drama durante el parto, y no he avisado: lo siento.

    Yo ya estoy curada (¿de espanto?); esto fue hace mucho tiempo. No me esperaba la reacción de la gente que lo ha leído: parece que sorprenda que algo así suceda. Muchas gracias a las que habéis compartido también vuestra experiencia. Es cierto que el dolor en sí se olvida (más o menos), pero también hay una especie de presión social para correr un tupido velo y no hablar en público de la sangre, sudor y lágrimas que hay detrás del sucio asunto de parir seres humanos. Es más fácil decir todo se olvida. Y a algunas personas, es más fácil decirles todo se olvida que mostrarles una parte tan vulnerable de tu experiencia. 

    Muchas gracias por las muestras de cariño, que además ahora puedo aceptar sin problemas.

    La niña se curó. Aquí publiqué en su día una foto suya cuatro meses más tarde, como celebración mi primer día de la madre. Pasaron los años. Pasó la varicela. Echó a andarA decir cosas curiosas.

    Llegó el momento de tener el siguiente, y no pude ni pensar en ello: no, no y no.

    Durante mucho tiempo pensé que la cobarde era yo. Que mi parto había sido largo, pero normal.

    Y un día es que sí: embarazada de nuevo, y feliz. Pero más que nunca defendiendo que tanto derecho hay a parir bien como a no reproducirse, muchas gracias.

    El derecho a parir bien

    Sería más cómodo pensar que eran malas personas haciéndome la vida imposible. De hecho, todas las cosas que me hicieron eran totalmente de libro en su momento: seguían el protocolo del hospital.

    Pero yo no sabía a cuántas cosas podía oponerme.

    ¿A cuántas?

    A todas. Asumiendo las consecuencias, claro.

    En ese momento es difícil tomar decisiones, y por eso hay una cosa muy maja que se llama plan de parto.

    ¿No quieres que te ocurra lo mismo que a mí? Haz tu plan de parto.

    Es un documento en el que reflejas lo que sí consientes que te hagan y lo que no.

    Estás en tu derecho. Investiga tus opciones y llévalas por escrito al hospital. Pregunta a tu alrededor por la experiencia de la gente con ese centro concreto (no te faltaran consejos, créeme).

    Aquí hay un documento del Ministerio de Sanidad, con opciones, recomendaciones y un modelo, todo en un majo PDF. Pasa el enlace por ahí: https://bitly.com/plandparto

    ¿Cuál fue el mío para el segundo? Pues aquí lo tenéis:

    PLAN DE PARTO / resumen clínico de (MI NOMBRE), con DNI XX.XXX.XXXY.

    • SOY ALÉRGICA A LA PENICILINA y  (más cosas de mi historia clínica).
    • No doy mi consentimiento para que me inyecten relajantes musculares o no podré permanecer consciente.  En  caso de que fuera imprescindible, deseo que se me informe y consideraré si concedo este consentimiento.
    •  Prefiero evitar la OXITOCINA SINTÉTICA, no doy mi consentimiento a que me inyecten oxitocina a menos que se haya estancado claramente el trabajo de parto, y ello después de preguntarme.
    • Limiten mi movilidad lo menos posible. Deseo poder andar y poder probar diversas posturas durante el parto.
    • Doy mi consentimiento a la monitorización fetal intermitente.
    • Debe pedirse mi permiso e identificarse la persona y razón para ello antes de hacerme cualquier tacto vaginal.
    • Solicito expresamente la presencia de mi acompañante en todo momento. Mi primera opción es mi marido, Pablo Mira Carrillo. Mi segunda opción es mi hermana, Esperanza Martínez Pagán.
    • Eviten la episiotomía rutinaria: sin embargo, prefiero la episiotomía al desgarro.
    • Si deseo la epidural, la pediré.
    • Empezaré con la lactancia materna inmediatamente después del parto. Deseo que me lo entreguen inmediatamente, a menos que exista alguna urgencia médica que justifique lo contrario. Si yo no estuviera consciente en este momento, entreguen al bebé al padre, Pablo Mira Carrillo.
    • No autorizo la administración de biberones de leche artificial sin mi consentimiento previo o el de mi pareja si yo no estuviera consciente, previa justificación médica.

    Muchas gracias por su consideración.

    (Firma)

    ¿Fue en otro hospital? Por supuesto. ¿Me hicieron caso? Pues sí. ¿Me libré de cualquier maltrato absurdo? De todos no, de muchos sí. ¿Me atendió un matrón desconsiderado y una ginecóloga maravillosa y fantástica a la que amo desde entonces? Sí. ¿Conseguí enganchar al niño a la lactancia? Esta vez sí, durante año y medio, muchas gracias. Hasta aburrir. 

    Nunca más primeriza.

    Que por nadie pase. Que sea una hora corta. Y que sea a vuestra manera, vuestro parto.

  • Un poco de azúcar, un poco de sal

    Un poco de azúcar, un poco de sal

    El día de mi boda, hace ya nueve años, mi familia me preguntaba con mucho interés quién era esa señora de pelo corto y blanco sentada a mi mesa, al lado de mis padres. La respuesta es simple, pero no corta.

    Cuando me fui de Erasmus me equivoqué en tres cosas importantes que cambiaron mi vida.

    La primera fue irme cuatro meses en vez de un año entero.

    La segunda fue irme a Alemania en vez de a Grecia.

    La tercera fue hacerle caso a mi coordinadora española, que no tenía ni idea de nada, y rellenar la solicitud de alojamiento y el acuerdo de convalidación como ella me dijo.

    Pero si no hubiera ido a Alemania, si no le hubiera hecho caso a mi coordinadora, si no hubiera cometido todos esos errores, no habría conocido a esa señora sentada a mi mesa.

    Esta es la historia de esos tres errores y de cómo conocí a Benita.

    —*—

    Empecemos con el primero, la de irme cuatro meses en vez de un año entero. Si hubiera ido para un año entero no me habría tomado las cosas con tanta provisionalidad. «Total, para el tiempo que voy a estar aquí». Quizá me habría puesto internet en casa, o habría buscado un piso compartido con alemanes, para hablar más.

    La verdad es que para haber ido a aprender a hablar un idioma, pasé demasiado tiempo sola y sin hablar.

    —*—

    Lo de Alemania en vez de Grecia… qué queréis que os diga. Siempre he tenido vocación de pobre. En mi vida siempre he buscado cuál era el mejor lugar del mundo para ser pobre, y os voy a contar un secreto: Alemania no es ese lugar.

    —*—

    El tercer error fue hacerle caso para rellenar los papeles a mi coordinadora, una profesora de alemán de mi facultad que llevaba años gestionando este programa. ¿Por qué lo hacía si no tenía ningún interés, y era un puesto no remunerado? Poco después de llegar a Alemania, y pasar semanas sin respuestas a nuestros desesperados correos electrónicos, unos alumnos de otros años nos dijeron que perdiéramos la esperanza. Muchos profesores extranjeros de nuestra facultad aceptaban el puesto porque aprovechaban los billetes de subvencionados para volver a su país y visitar a su familia, cuando deberían visitar a los profesores de los distintos centros en los que estábamos.

    Todo esto sucedió en una época en la que teníamos internet, pero Google no existía aún. La traducción automática era una basura total, lo que nos aliviaba bastante como traductores, pero nos ayudaba poco a comprender los formularios que nos habían enviado por correo ordinario. No podíamos saber con facilidad dónde estaban las residencias, si cerca o lejos de la facultad, ni qué opinaban los alumnos de otros años de ellas, ni qué había en el barrio… no había casi nada de las cosas a las que ahora estamos acostumbrados antes de llegar a un sitio: buscarlo en Google Maps, ver la calle, opiniones locales… nada de eso.

    —No hace falta que rellenéis lo de la residencia — nos dijo en una tutoría conjunta a varios de los que nos íbamos ese año. —Total, os asignarán una pero os van a dar la que ellos quieran.

    No lo rellenamos, y enviamos los papeles sin ese dato. Sé que os lo veis venir, pero efectivamente, pasaba el tiempo (meses, el verano) y no nos asignaban residencia. La coordinadora estaba, por supuesto, desaparecida en combate.

    Compré los billetes de avión para ir en el mismo vuelo que mi mejor amiga, que hablaba bastante más alemán que yo (que hablaba alemán, para decir la verdad), pero luego ella cambió de idea y retrasó su viaje. Como me había apuntado al carné internacional de estudiante para conseguir un descuento en el vuelo (esto también fue antes de los vuelos de bajo coste), me habían mandado una guía de albergues con descuento. Miré en Colonia y lo único que encontré que parecía tener plazas y algo de sentido (¿hoteles de cuatro estrellas?) fue la Naturfreundehaus Köln-Kalk.

    La Naturfreundehaus era un albergue juvenil de una asociación de amigos de la naturaleza o algo así, a pesar de estar relativamente céntrico en Colonia. Tenían plazas, pero solo para los cinco primeros días, los que eran entre semana: el sábado era la maratón de Colonia y estaban completos. Lo mismo pasaba en la mayor parte de los alojamientos de precio razonable.

    Esto me ponía un poco nerviosa, pero era mejor llegar con algún alojamiento que con nada, y en una semana probablemente habría conseguido resolver mi problema. Intenté adelantar papeleo, como abrir una cuenta en el Deutsche Bank, pero no fue posible. Literalmente nos dijeron que «en el Deutsche Bank España somos un banco diferente a Deutsche Bank Alemania; somos dos bancos muy amigos, por así decirlo, pero bancos diferentes. Si abre una cuenta aquí, será igual que una cuenta española de cualquier otro banco, no podrá acceder a ella con normalidad como si fuera una cuenta local».

    Cuando llegó el día de irme, que mis padres me dieron dinero en efectivo para vivir un mes, pagar el alquiler del primero y la fianza, y algo extra para imprevistos. Lo cambiamos a marcos (sí, esto fue también antes del euro) y lo metí en un cinturón de esos típicos que se llevan debajo de la ropa con un elástico.

    Aterricé en un día de sol, y cogí un taxi en el aeropuerto. El taxista era un señor turco muy simpático que conducía su Mercedes por la autovía con toda tranquilidad a 180 kilómetros por hora. Yo ya sabía que allí era perfectamente legal, pero aun así estaba impresionada por el viaje. Me preguntó que si era la primera vez que venía a Alemania, y conseguí chapurrear que sí, y mi primera impresión:

    —Me gusta, es todo muy muy verde.

    —Sí es cierto, es muy verde.

    Para eso mi alemán sí que daba. Por lo que he visto de Turquía, hay zonas que se parecen más a Murcia que Alemania. Viniendo de un clima subdesértico, Colonia en septiembre era un vergel. Todavía no había comenzado el otoño lluvioso y oscuro. Bueno, ese martes hacía buen día. Aún. Qué invierno más largo pasé.

    —*—

    Llegué y la encargada del albergue, una señora también muy simpática, me indicó cuál era mi habitación. Era individual, ciertamente acogedora, pero no tenía llave para cerrarla desde fuera. Me dijo que si mi maleta tenía llave, guardara todas mis cosas allí.  El albergue era una construcción de dos pisos, con un dibujo hecho con hierro forjado en la fachada blanca lisa. En el segundo piso había cuatro ventanas, y mi habitación tenía una de ellas. Desde la ventana se veía a la entrada de gravilla y el jardín delantero de la casa.

    A la mañana siguiente me la volví a encontrar en el desayuno. Era muy temprano y acababa de preparar una especie de pequeño bufé con zumos y algunos bizcochos caseros. Me explicó de qué era cada uno, y empezamos a hablar. Yo no podía decir gran cosa en alemán, pero ella hablaba muy buen inglés, que yo sí dominaba ya. Desayunamos así, conversando, todos los días, y le contaba cómo iban avanzando mis gestiones para que me asignaran el alojamiento que me correspondía, pero que yo, sorpresa, no había solicitado bien en su día.

    —Todas las residencias están ya completas, pero el acuerdo con mi Universidad es que tienen que proporcionarme alojamiento. Creo que ya he averiguado con quién tengo que hablar en las oficinas centrales.

    —Eso está muy bien, ya verás como todo se arregla.

    —Eso espero.

    La oficina de atención a los estudiantes extranjeros tenía bastante cola. Mientras esperaba, llegaron dos chicas rubias de piel muy blanca y se sentaron detrás de mí. Me dio la impresión de que hablaban en ruso. Qué curioso escuchar ruso, pensaba yo, qué internacional.

    De pronto, sin embargo, una de las palabras sonó como un taco español. Qué extraño. De repente, fue como si un interruptor mental se activara.

    No estaban hablando en ruso.

    Era catalán.

    Hablamos y tenían un problema parecido al mío. Entré yo primero, pero la chica que me atendía no hablaba ni una palabra de inglés ni de español. Mi alemán no bastaba en absoluto para explicar mi problema, así que me pasaron con la jefa. Me ofrecieron una silla en mitad de su despacho y ella empezó a gritarme desde detrás de su mesa, eso sí, en un perfecto inglés.

    —¡No sé qué ocurre con vosotros los españoles de Granada! ¡Llegáis aquí sin saber nada, sin haber preparado nada y queréis que os resolvamos vuestros problemas! ¡Queréis que os lo den todo hecho!

    No me quedaba duda de que si los demás venían instruidos por la misma persona, ese sería probablemente el caso: vendríamos con problemas muy gordos, porque en nuestro lado alguien sistemáticamente hacía mal su trabajo. Pero alguien tendría que ayudarnos a solucionarlos, sobre todo si en este lado era su trabajo. Pero no comprendía cómo eso era culpa mía, o por cierto cómo ponían a trabajar en un departamento de alumnos extranjeros a una persona que sólo hablaba alemán.

    —Venís aquí a quejaros y sin tener ni idea de alemán.

    Bueno, venimos a aprender alemán.

    Finalmente me dirigieron a la oficina que gestionaba las plazas de las residencias, no sin que yo pasara llorando un rato largo. Cuando salí de allí me encontré una papelería técnica, y compré papel y lápiz. Dibujé un rato en la parada del autobús hasta que conseguí recuperar la calma, y volví al albergue.

    —*—

    Al día siguiente, después de desayunar con Benita (ya me sabía su nombre) me fui a la nueva oficina que me habían indicado. Efectivamente, tenían mis papeles y estaba en los primeros puestos de la lista de espera por ser Erasmus: podrían darme cualquier plaza que surgiera y yo solicitara, pero primero tendría que aparecer alguna, y en ese momento estaba todo completo.

    De todo esto me enteré porque un chico muy majo que había conocido en la sala de espera (un fotógrafo brillante ultracatólico, descubrí después) se ofreció a hacerme de intérprete.

    Menuda traductora estoy hecha, pensé.

    Me dieron la dirección de la oficina de gestión de una residencia concreta en la que quizá pudieran ayudarme, pero que ese día había cerrado ya. Me quedaba un día de alojamiento antes de la maratón de Colonia que tenía todos los alojamientos de la ciudad copados.

    —*—

    Todas las ciudades tienen un lado malo del río: cuando por fin conseguí un mapa pude ver que el albergue estaba en ese lado malo del río, realmente en el centro geométrico de la ciudad pero lejos de todos los sitios a los que yo tenía que ir. Estaba gastando mucho dinero en transporte sin necesidad, puesto que el carné de estudiante sirve como abono de transportes durante todo el curso. Pero como no tenía dirección, aún no me habían dado mi carné de estudiante de la Fachhochschule Köln. Por la misma razón, tampoco había podido abrirme una cuenta bancaria. Como mi habitación en el albergue no tenía llave, llevaba el dinero conmigo todo el rato, lo que me tenía bastante inquieta.

    Hice la maleta y dejé la habitación. El portátil se quedaba dentro de la maleta cerrada con llave y combinación: Benita me la guardaría en su despacho.

    Fui a la oficina final a primera hora de la mañana del viernes. Conseguí comunicarme con los encargados de la oficina: uno de ellos era un estudiante italiano que ayudaba por allí. Me dijeron que era día de entrega de llaves. Estaban desalojando uno de los edificios, y que una habitación se quedaría libre, pero que tendría que volver a última hora. Al parecer, poco a poco todos los estudiantes se estaban yendo a otros destinos porque iban a derruir el edificio. De esto no me enteré hasta bastante más tarde, pero al parecer el ministerio alemán de salud lo había declarado insalubre, y por eso lo echaban abajo. En cualquier caso, ya podían decirme cuál sería mi dirección definitiva.

    —Pásate de nuevo a eso de las 12 y lo tendremos listo. Mientras, como ya tienes tu dirección, puedes acercarte a un banco y abrirte una cuenta, porque la necesitaremos para hacer el contrato y domiciliar el alquiler.

    ¡Aleluya! Tenía alojamiento, tenía dirección como las personas normales, y ahora me dejarían hacerme una cuenta bancaria.

    —¿A qué banco voy?

    —Hay varios en la calle principal, cualquiera servirá.

    Elegí el que tenía mejor pinta. Resultó ser un banco de funcionarios, cosa que no entendí muy bien, pero accedieron a abrirme una cuenta. Incluso tenían un programa para poder operar por internet. Mis padres eran las primeras personas que yo conocía que lo habían probado, y yo ahora tendría también una cuenta de ésas. Estaba emocionada.

    —Su tarjeta le llegará por correo la semana que viene, o si no puede pasarse por aquí a por ella. Mientras, puede sacar dinero en ventanilla con su pasaporte.

    Ingresé todo menos el dinero que tenía que pagar del alquiler, y me sentí mucho más segura.

    Cuando volví a la oficina del alquiler todavía tenía que esperar un rato, pero ya estaba tranquila. Por fin las cosas iban bien. Cuando la oficina cerró la hora de recogida de llaves, tenían habitaciones libres.  Sin embargo, la inquilina de la que me habían asignado no había devuelto las llaves, así que tendrían que darme otra diferente, más pequeña, para el fin de semana. El lunes me cambiarían de sitio. Les di los datos de la nueva cuenta, pagué en efectivo la fianza y el primer mes, y me dieron la llave de mi nueva habitación.

    Respiré, porque eran las doce y media de la mañana y tenía todo el día para mudarme.

    De repente, me di cuenta de que me quedaba muy poco dinero: más o menos el equivalente a un cartón de huevos, una barra de pan y un litro de leche, tal y como estaban los precios entonces. Tendría que ir a sacar el dinero que acababa de meter para pagar el albergue, y algo más para el taxi con la maleta y pasar el fin de semana. Qué despiste tan tonto.

    Volví al banco, y estaba cerrado. ¿Cerrado?

    Sí señores: en Alemania los bancos cierran a media mañana los viernes. Así empiezan antes el fin de semana.

    ¿Qué iba a hacer ahora?

    Empecé por echar andar. Mirando mi flamante mapa, tardaría un par de horas en llegar al albergue: estaba en la otra punta de la ciudad.

    Seguí andando.

    Y andando.

    Al rato me di cuenta de que no tenía sentido, y me colé en el tranvía. Lo pasé fatal, pensando que me pillarían enseguida. En Alemania los revisores van con unos perros que dan bastante miedo, y los que se cuelan en el transporte público tienen un nombre muy feo: Schwarzfahrer (viajeros negros, como el dinero negro). Pero me imaginé que si me multaban, tendría que pagar la multa cuando el banco estuviera ya abierto.

    Por el camino pensaba en cómo explicarle a Benita que no podría pagar el alojamiento hasta la semana que viene, y cómo distribuiría el dinero para no pasar mucha hambre esa semana. Probablemente pudiera pedir prestada una olla a algún otro estudiante y hacer huevos cocidos o algo así. Con media docena conseguiría no pasar mucha hambre.

    Llegué al albergue y todo era un remolino de actividad. Llegaban todos los corredores que tendrían el albergue a rebosar durante el fin de semana. En la puerta había una furgoneta de reparto con los ingredientes de la comida de los deportistas durante todo el fin de semana. Benita iba de un lado para otro coordinando gente. Intenté llamar su atención, y me dijo que esperara un momento: luego me llevó a su oficina para darme la maleta, y me preguntó que qué tal me había ido. Le expliqué como pude lo que me había pasado: que tenía habitación, que había abierto una cuenta, que el banco había cerrado.

    —Lo siento, lo siento muchísimo. Te pagaré el lunes, en cuanto abra el banco. No tengo nada de valor excepto mi portátil: te lo  dejaré para que sepas que vuelvo a pagarte.

    —No, no hace falta.

    —¿Qué?

    —Que no hace falta. Mira, vamos a hacer una cosa… —se acercó a su escritorio y miró su agenda. Luego cogió su monedero. —Toma, cien marcos. Con esto tendrás para el taxi y para comer este fin de semana.

    Tenía para eso y para muchísimo más. Era una pequeña fortuna, la mitad de lo que yo ya le debía por toda la semana de alojamiento.

    —El primer momento que tengo libre es el miércoles por la noche. Vente a cenar ese día y ya me pagas lo que sea. Te prepararé algo típico alemán. Ahora llamamos a un taxi, y llegas a casa enseguida.

    No me podía creer la suerte que había tenido yendo a parar a la casa de esta mujer.

    Ese fin de semana pude comer algo más que huevos cocidos con pan. Puede incluso comprar una sartén en la que cocinar la comida.

    El miércoles siguiente cenamos algo típico alemán, como ella había dicho. Resultó que no sólo los bizcochos del desayuno estaban espectaculares, sino que era una cocinera de primera. Durante la cena hablábamos de la comida española y alemana. Finalmente le dije que por qué no quedábamos la semana siguiente, y yo cocinaría para ella algo típico español.

    Y así, semana tras semana y por turnos, cada una cocinó para la otra lo mejor que sabíamos de la gastronomía de nuestro país.

    —*—

    Cuando vino Pablo de visita se lo presenté. Decidimos que era el momento de hacer la famosa paella española. Ya habíamos hecho lentejas. Tuvimos que ir a un delicatessen español a por azafrán. Yo fui directamente de la facultad. Pablo vino de casa con algunos ingredientes. Le había encargado gambas, y llego con una conserva en plástico. Eran gambas de lago, peladas, cocidas, en agua.

    Las eché a la paella sin muchas esperanzas. Al final sabían a lo mismo que el arroz. Eran diminutas para ser gambas, y grandes para ser granos de arroz. Pero por lo demás eran lo mismo.

    A Benita le horrorizó que le echara colorante a la paella. Yo siempre había visto a mi abuela hacerlo, así que para mí, para que fuera auténtico, tenía que llevar «tinte amarillo de ése».

    De nosotros dijo:

    —Sois como un globo. Tú eres el aire, y le levantas del suelo. Pablo es la arena, y te mantiene los pies en la tierra. Juntos voláis

    En este tiempo conocí también a su hijo, que era entonces un adolescente, y hoy es chef en Bonn. Con el tiempo ella dejó el albergue y abrió una empresa de organización de eventos educativos, que trabaja principalmente para el gobierno alemán. Ahora en el mejor de los casos quedamos cada dos años, pero cuando lo hacemos, seguimos cocinando para la otra.

    En aquellos oscuros meses de invierno en Alemania, comimos algo espectacular al menos una vez cada quince días. Vale: quizá el sauerkraut es mucho decir que fuera espectacular. Pero estaba bueno para ser sauerkraut.

    Me dio el mejor consejo de cocina que me han dado jamás: «a todo lo que le eches azúcar, échale un poquito de sal; a todo lo que le eches sal, échale un poquito de azúcar».

    Benita es mi héroe personal. No sólo porque sea la mejor cocinera del mundo o por su visión positiva de las cosas. Ni porque haya salido adelante sola como madre soltera, con su hijo, su empresa, su vida. Ni por haber hecho todo esto siendo superviviente de un cáncer. Es por todo eso y por algo que no sé explicar. Quizá porque por primera vez hice una amiga adulta, y en ella descubrí cómo era una persona realmente buena.

     

  • El cuento de la careta con sonrisa

    Es muy fácil elegir un personaje, y cuando no funciona, echarle la culpa al personaje, o cambiarlo, en vez de mirar hacia dentro y ver qué problema tenemos en realidad.

    Hay un cuento que oí en alguna parte y no he vuelto a encontrar.

    *Si sabes de quién es, déjame un enlace en un comentario.

    El cuento de la careta con sonrisa

    Érase una vez un niño que lo pasaba mal en el colegio.

    Un día, de camino, se encontró una careta sonriente, y se la puso.

    Al llegar al colegio todo el mundo se dio cuenta de que la llevaba. Al verle, la maestra le dijo:

    —Me estás poniendo nerviosa. Quita esa sonrisa de mi vista.

    —¿Que me quite el qué? —salió una voz de detrás de la máscara.

    —No me tomes el pelo o acabarás castigado. Quítatela.

    —¡¡Quítatela, no seas tonto, quítatela!! —gritaban los niños a coro.

    —No.

    —¡Basta, al rincón! Castigado mirando la pared.

    El niño se fue al rincón, aún con la careta sonriente puesta. Acabó la clase y los niños salían al patio. Unos se le acercaron.

    —¿Por qué no te la has quitado? ¡Ahora te quedas sin recreo!

    —Es la careta la que está castigada, no yo.

    Mi lema es verdad y risas, pero tiene un doble filo

    Este blog se aventura en mi vida personal, y a veces temo que se convierta en la versión oficial de mi vida. Gente que me conoce me para y me dice: ¡he leído tu blog! ¡qué bien te va! Como no publico artículos llenos de drama parece que no me pasa nada malo.

    Las cosas que digo o son verdad o son divertidas, y prefiero que sean ambas. Pero hay ciertas cosas que son verdad y no les encuentro la gracia, y hasta que no lo hago, no me sale de dentro publicarlas. Como si fuera una injusticia cargar a otros con tristezas que son mías, pero no con gracietas que sí.

    Hay muchas cosas que, dentro de la vida primermundista que tengo, se me dan mal, me ponen triste o me fastidian.

    Estas cosas están en el límite de lo que me atrevo a publicar:

    • Dos personas (que no se conocen entre sí) me han dicho que les doy miedo. (WTF?)
    • Se me mueren todas las plantas.
    • Se me acumula la ropa sucia. No plancho. Si la ropa en concreto es de planchar, o no me la pongo o me la pongo sin planchar.
    • Odio el caos. Y ordenar. Y mi casa siempre tiene alguna parte en total y absoluto caos.
    • Odio la suciedad. Y limpiar. Y mi casa siempre tiene alguna parte más sucia de lo tolerable.
      • Nota: sí, subcontrato arreglar estas dos últimas cosas.
    • Cuando estoy triste o me siento sola es mejor que no haya chocolate o dulces en la casa, o cerca de casa.
    • Los traductores que más trabajan en Matiz cobran (mucho) más que yo.
    • La mayor parte de mis amigos vive a unos 300km de aquí, más menos 60km.
    • Por lo anterior, si salgo suele ser a pasar el fin de semana. Y eso es caro, y un follón con los peques. Así que sí, salgo poco o nada.
    • Muchos días da igual, porque suelo llegar muerta a la hora a la que la gente sale.
    • Escribir esto no me ayuda. Es más, me da mucha vergüenza publicar esto.

    Por lo menos no me quedaré castigada en el recreo por llevar una sonrisa falsa. Hale, me voy a ver el Hobbit a ver si me animo. Que ustedes lo pasen bien.

  • Desde el principio (cuento muy corto)

    Desde el principio (cuento muy corto)

    Estrella

    Al principio no había tiempo ni espacio, pero a lo mejor durante un momentito, todo, todo lo que hay estaba en un sitio muy pequeño, como un dado del parchís.

    Entonces estaba caliente y estalló. Se formaron las estrellas y los planetas y el sitio que hay enmedio y el tiempo que pasa. Se formaron galaxias y en una había una estrella, y esa estrella se hizo grande y pequeña y se convirtió en una nube de polvo. De esa nube de polvo salió otra estrella y otros planetas, y en uno de esos planetas había un charco. En ese charco aparecieron unas células que se copiaban a sí mismas, y se copiaban iguales y se copiaban diferentes. Y entonces aparecieron las algas y las plantas y los dinosaurios.

    Los dinosaurios se murieron.

    Los dinosaurios se murieron, sí, pero ya se habían convertido en pájaros y mamíferos, y entre los mamíferos había monos, y los monos aprendieron a usar herramientas. Los monos se inventaron el pan y la cerveza, aprendieron a contar cuentos y a hacer libros y también se inventaron internet. Ya no eran monos, eran personas. Entonces dos células como las del charco del principio se juntaron, y naciste tú. Y esta noche hemos ido a la feria, y ahora te estoy contando este cuento. Tú estás hecha de estrellas, y eres mi estrella. Buenas noches, preciosa, que duermas bien.

    Buenas noches mamá. Tú también.

  • Aunque no puedas ver, el microrrelato, en PDF

    Visto el microéxito del microrrelato, aquí os subo una versión en PDF para imprimir, enviar por email, prestar, regalar, colgar en el armario, llevar en la cartera… He toqueteado el formato estándar un poquito para que se pueda imprimir y leer bien en una hoja A4 por las dos caras, a dos columnas. Recuerda, con el papel como con el alcohol: imprime con moderación, es tu responsabilidad.

    Por supuesto para la maquetación en LaTeX he contado con la impagable ayuda del Sr Mira Senior, José Manuel Mira. Los fallos (y faltas de elegancia tipográfica o programadora) que pueda tener el archivo son, con toda seguridad, míos. Probablemente no estarían si me hubiera estudiado sus libros. Aquí está el archivo (si no has entendido el párrafo, no te lo bajes, mismo da): Aunque no puedas ver (TEX, para fisgonear en el formato, 7KB, sí, has leído bien, 7KB). El texto tiene la misma licencia CC atribución, compartir igual; el formato, la máxima que pueda tener.

    Por cierto, si alguien quisiera regalarme esta camiseta, (en versión para chica) para el próximo día 11 de octubre (guiño, guiño), sería muy friki:

    Im a LaTeX fetishist (Soy un fetichista del LaTeX)
    I'm a LaTeX fetishist (Soy fetichista del LaTeX)
  • Aunque no puedas ver

    Es duro no poder ver lo que pinta tu pareja, más aún cuando a tu alrededor no paran de llamarlo para que muestre los cuadros, dé conferencias, o envíe fotografías.
    Hubo un tiempo en el que quise operarme, pero me dijeron que tendría que dejarlo todo durante diez años. Que iría de quirófano en quirófano, y que no había garantías de que al final pudiera distinguir formas o colores con claridad. Lo pensé, y decidí seguir con mi profesión y mi vida, aunque no pudiera ver las cosas a las que él estaba dedicando la suya.
    —¿Qué haces, amor?
    —Estoy pintando.
    —¿Y… cómo vas? ¿consigues avanzar?
    —No acabo de conseguir lo que quiero conseguir. Pero sé que si lo sigo intentando, llegará un punto en el que o lo habré conseguido, o sabré que es imposible para mí.
    —¿Y el último cuadro que hiciste? ¿Sabes ya algo de la galería que te gusta?
    —Lo tienen allí parado ya seis meses, y siguen haciéndome esperar. Si no lo quieren allí tengo pensada otra, pero claro, no es igual. La gente irá a verlo si saben que está allí, los que me conocen y los que no. Pero sabes que la gente asocia el nivel de la galería con el del cuadro. Cuanto peor sea la galería, y menos céntrica esté, menos interés tendrá la gente en darse el viaje para ir a verlo. Y mientras no me lo devuelvan, no puedo hacer nada.
    —¿Pero lo subiste a la web, no? La gente sabe que existe.
    —Sí, pero no se ve igual, no se entiende igual. Además no hablarán tanto de él hasta que haya una exposición.
    —¿Se ha secado el último que hiciste? Puedo ayudarte con el marco.
    —Sí, bueno… lo he enmarcado yo, al final. Pero si quieres darle un repaso a las juntas, estaría bien.
    —Cada día lo haces mejor tú solo. Sabes que yo sólo lo hago porque me hace ilusión participar en algo.
    —Lo sé.
    —Ojalá pudiera ver tus cuadros.
    —No importa.
    —Sí, sí que importa. Vamos a esas fiestas y todo el mundo habla de pintura todo el rato. La gente te admira mucho y quiere hablar conmigo de lo mucho que les gustan tus cuadros. Yo sólo puedo decir que sí, que parece que a la gente le gustan. Que a los pintores buenos les pareces prometedor. Que trabajas muy duro y que te importa de verdad. Que he pasado la mano por la pintura, y que a veces las líneas son suaves, y a veces son rugosas. Que hay cuadros con los que has sufrido durante meses, y otros pequeños que son el fruto de una noche en vela. De cuando me acuesto y estás pintando, y me despierto y sigues en el mismo lugar. De cuando vamos en el coche, y estás callado, y sé que piensas en tu cuadro.
    —A mí no me importa que no puedas ver. Hay cosas en el mundo que no son pintura.
    —Sí, pero no te importan tanto.
    —Tú me importas más que todos los cuadros.
    —¡Pero no podemos hablar de ellos! No puedo decirte lo que pienso, no puedo ayudarte.
    —Sí que me ayudas. Pones música, y te encargas de que el ordenador siga funcionando.
    —Eres un desastre con la informática. No te interesa nada.
    —Sólo me interesa lo que me ayuda a trabajar. Lo demás no.
    —Podrías poner interés y aprender miles de cosas.
    —Sé que si sale algo útil, te enterarás por mí. Como con la web que me hiciste con las estadísticas de visitantes. O cuando me instalaste el correo en el móvil, o lo de los blogs.
    —Ya.
    —Por cierto, me han invitado a otra cosa.
    —¿A otra? ¿dónde? ¿cuándo?
    —Es algo conmemorativo en Brasilia. Entre Seúl en noviembre y Fortaleza en mayo.
    —Puf. ¿Y vas a ir?
    —No lo sé aún.
    —¿No es mucho con lo de la India el verano que viene?
    —A lo mejor sí. Es mucho trote.
    —Yo no sé a cuántas cosas puedo ir, paseando por salas donde no veo lo que hay colgado en las paredes, escuchando conferencias en las que no sé de qué hablan.
    —Está claro, lo entiendo.
    —A las tuyas voy porque me gusta oír el entusiasmo con el que cuentas qué has aprendido, y escuchar lo que murmura la gente.
    —Je, je, eso es divertido.
    —Me acuerdo de aquel chico se puso a hablarme como si pudiera ver. Fue horrible.
    —Horrible, ¿por qué?
    —En cuanto le dije que yo no podía ver, se quedó callado, como si yo ya no estuviera allí.
    —El pobre, ya no sabría qué tema sacarte. Pasan mucho tiempo con otros pintores ¿sabes? Quizá no se le ocurría de qué te podría hablar.
    —Supongo.
    —No te lo tomes a mal.
    —No, después en la fiesta me sacó a bailar salsa.
    —Es buena gente, pero le cuesta salir de su tema.
    —¡Tuvo que pedirle a otro que me lo preguntara!
    —¿Ves? Y el otro sí estaba hablando contigo.
    —Es verdad. Él y ese otro señor mayor tan majo que me dijo que eras muy creativo.
    —Te apuesto lo que quieras a que no ha dedicado diez minutos a un cuadro mío en la vida.
    —Qué exagerado eres. Ése sí era majete. No me habló de pintura ni un solo minuto.
    —Pues qué suerte, porque no tiene fama de eso.
    —¿No?
    —Pues no.
    —Qué cosas. En fin, ya sabes que yo sólo voy por viajar contigo, probar la comida de todos esos sitios, pasear por otras playas, sentir otras brisas del mar… oír otras olas…
    —¡Y esos los bufés de desayuno! ¡Qué buenos! ¿A que sí?
    —Sí, pero de vez en cuando estaría bien ir a un sitio en el que no hubiera ninguna exposición, y te tuviera para mí sola.
    —Sabes que cuando salgo tengo compromisos, que es por lo que me pagan el viaje.
    —… y si no fuera por ello no podríamos pagarlo. Ya. Tus padres sí que lo disfrutan. Como también son artistas, tienes suerte.
    —Sí, bueno, hacen cosas parecidas, pero no son de pintura exactamente.
    —Otros sólo sabrían que sales en la radio.
    —Calla, calla, qué vergüenza. Y qué difícil es hablar con periodistas. Explicar lo que hago… para gente que no lo está viendo…
    —Supongo que por eso me gustan tus entrevistas. Porque haces ese esfuerzo para otros, y yo lo entiendo un poco mejor.
    —Me cuesta mucho.
    —Pero a tus padres sí que se lo puedes explicar más o menos. Además sus compañeros sí que lo aprecian, y les dan la enhorabuena por lo que haces. Es una suerte que comprendan a qué te dedicas, y estén orgullosos. Otros no lo entenderían.
    —Es que soy un chico con suerte.
    —¿Aunque yo no pueda ver?
    —Aunque no puedas ver.

    Este microrrelato está dedicado a los que me preguntan cómo es estar casada con un matemático, sin ser matemática. Es más o menos así.

    CC: Begoña Martínez, Atribución, Compartir Igual.
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    Aunque no puedas ver, por Begoña Martínez tiene una licencia  Creative Commons Reconocimiento-Compartir bajo la misma licencia 3.0 España.

    Bonus por leer hasta el final

    Anécdota real:

    Profesor de la Licenciatura de Matemáticas, en clase: ¿Sabéis dónde está vuestro compañero Fulanito?

    —Lo ha dejado. Va a dedicarse a la (literatura, bellas artes, música).

    —Hace bien. No era lo bastante creativo para ser matemático.